Guernica, el bombardeo que estremeció a Picasso

Guernica, el bombardeo que estremeció a Picasso
— Leer en www.google.com/amp/s/www.elindependiente.com/tendencias/2017/04/01/guernica-el-bombardeo-que-estremecio-a-picasso/amp/

Anuncios

La vigilia de Pedro Páramo en el centenario de su autor

Una aproximación a la gran novela de Juan Rulfo, obra cumbre de la literatura contemporánea.

“Vine a Comala porque me dijeron que acá vivía mi padre, un tal Pedro Páramo. Mi madre me lo dijo. Y yo le prometí que vendría a verlo en cuanto ella muriera”.

Así de natural, de sencillo, como el río que fluye en un atardecer diáfano, como las piedras echadas a un lado del camino y la arena corriendo en un desierto invisible, comienza una de las novelas más bellas y enigmáticas de la literatura universal contemporánea: Pedro Páramo. Y el motor de dicha desmesura es Juan Preciado, el hijo de Dolores y Pedro, que tras las huellas de su padre ingresa en el mundo de Comala, un mundo de incesantes murmullos. De voces que están en el viento, habitando las sombras: “¿Cuánto hace que están ustedes aquí?”, pregunta Juan, y le responden: “Desde siempre. Aquí nacimos”. Juan es el Hermes de Rulfo y el médium literario.

En esas ciento treinta páginas, mal contadas, hallamos un relato donde la aventura narrativa subvierte los sentidos. No es una novela fácil; su estructura es atípica, por las voces de los personajes que surgen de las sombras o de las grietas nocturnas en tiempos distintos, formando un presente perpetuo, pero que gracias a la maestría y riesgo de Juan Rulfo llenan con enorme placidez los agujeros negros de la historia.

Alquimista, astrónomo de la palabra, Rulfo conduce como los dioses un tramado donde al ‘parecer’ ya todos están muertos y son ellos, los ausentes, los que arman el mapa de ese pueblo fantasmal. Las voces de los muertos nos van metiendo en un México árido y fabuloso. Ese México rural que en palabras de Rulfo se oye tan terrenal y misterioso: “Solo quedaba la luz de la noche, el siseo de la lluvia como un murmullo de grillos…”, o el tiempo que aquí es un fantasma gracioso, travieso, llenando los espacios: “El reloj de la iglesia dio las horas, una tras otra, una tras otra, como si se hubiera encogido el tiempo”. Si Dante caminó el infierno, sus hoyos y precipicios de fuego, Rulfo nos dibuja el purgatorio a través de esas ánimas que divagan sin pena y con mucha picaresca entre los escombros de la vida. Almas que permanecen en el extravío y la somnolencia. Siguen prisioneras en una dimensión entre lo que fue y lo que está siendo. Pero que también cuentan una historia, la historia de un México profundo.

Rulfo, prodigioso, después de cada imagen nos invita al silencio, un silencio inmemorial que rasga el alma, y allí la belleza literaria es una mera contemplación que deleita la atención del lector. Recuerdo que el escritor Óscar Collazos me contó que tuvo el privilegio de asistir a una velada en Madrid, donde estaban reunidos Onetti y Rulfo; solamente corrió el vino, y el silencio del mexicano y el uruguayo fueron un coro elocuente que adornó esa noche remota. Otra manera de decir que las obras hablan y callan por sí solas.

Y el lenguaje, ese crisol mutable, es de una poesía contundente, elemental, arcillosa, que se infiltra en las venas y se desliza acuática hasta el corazón del lector, palabra que vive en el autor y en el que lo lee: sutil, crujiente, poderosa voz humana. Eros y Tanatos, dulce mezcla que vivifica lo pasajero, lo efímero, que somos: “… ella escondía sus pies entre las piernas de él. Sus pies helados como piedras frías y que allí se calentaban como en un horno donde se dora el pan”, materia que se junta con los cuerpos, “… dormía acurrucada, metiéndose dentro de él, perdida en la nada al sentir que se quebraba su carne, que se abría como un surco abierto por un clavo doloroso, luego tibio, luego dulce, dando golpes duros contra su carne blanda; sumiéndose, sumiéndose más, hasta el gemido. Pero que le había dolido más su muerte”.

La naturaleza es una protagonista que zumba en las páginas como un rebaño de abejas silenciosas, ¡ay! las palabras, que dan rudimento y color al paisaje, como la lluvia esa “marea de las nubes, cómo se echaban sobre la tierra y la descomponían cambiándole los colores… Hacía tantos años que no alzaba la cara, que me olvidé del cielo… El cielo está tan alto, y mis ojos tan sin mirada, que vivía contenta con saber dónde quedaba la tierra”.

En Rulfo la poesía es el verdadero motor de la narrativa, una amalgama natural que une lo contado, la imagen y la reflexión misma, y eso hace de Pedro Páramo una obra única, transversal, irrepetible en su género donde el hermetismo y la sabiduría primigenia a veces nos recuerdan pasajes y refranes del Quijote: “Hay pueblos que saben a desdicha. Se les conoce con sorber un poco de su aire viejo y entumido, pobre y flaco como todo lo viejo”. Lo sencillo llevado a las alturas del pensamiento y la ficción. La vida igual a un río corriendo transparente sobre los filos ásperos de las piedras, surcando aguas briosas y pasmas: “El color gris de un cielo hecho de ceniza, triste…”. Y los indios esperan leyendo la naturaleza, presagian que es un mal día, y tiemblan no de frío sino de temor: “Y miran la lluvia desmenuzada y al cielo que no suelta sus nubes”. Comala es el territorio de la espera, de la memoria de lo que pasó y está pasando.

Una metafísica esencial, nada premeditada, que surge de la lluvia, del contacto del hombre con la naturaleza, no la experiencia del filósofo, la práctica cotidiana del dolor de la vida y sus limitaciones que conducen a una imaginación insospechada, sabia, por ejemplo, cuando se le pregunta a una de las apariciones: “¿Y tu alma? ¿Dónde crees que haya ido?”.

–Aquí se acaba el camino– respondió–. Ya no me quedan fuerzas para más. Y abrí la boca para que se fuera. Y se fue. Sentí cuando cayó en mis manos el hilito de sangre con que estaba amarrada a mi corazón.

¿Y tu alma? ¿Dónde crees que haya ido?

Un año después de la aparición de la novela (1956), Carlos Fuentes la celebra y recuerda que el naturalismo de obras como ‘Los de abajo’ de Mariano Azuela y ‘El águila y la serpiente’ de Martín Luis Guzmán, son otro asunto; es consciente de que Rulfo no copió la realidad, sino acudió a la imaginación para captar “la naturaleza interna de México”: es el salto del gran testimonio a una obra de inmensa factura artística, donde se subvierte la mirada histórica por una ficción que va más allá al lograr “una alteración del tiempo que no es fortuita: ella obedece a la acumulación desordenada de la memoria mexicana, al sentido de las supervivencias, de las pugnas jamás canceladas, de las sangres derrotadas y victoriosas que se agitan en el ser de México”. Y a una revolución en el lenguaje –agrega Fuentes– porque es la primera vez en la novela mexicana, en “que el pueblo piensa y siente”, y ya no es la reproducción escueta de “lo que el pueblo habla”; es decir, que el inconsciente popular está mimetizado por la intuición poética. Si en ‘El laberinto de la soledad’, Octavio Paz logró en un filudo ensayo penetrar en las entrañas del ser mexicano, Rulfo conquistó este espacio en una novela que se yergue inmemorial.

El escritor y profesor Fabio Jurado Valencia recuerda que el poeta Alí Chumacero elogió los fragmentos que leyó Rulfo de Pedro Páramo antes de su publicación. Pero luego de su aparición da un vuelco a sus apreciaciones y escribe una nota crítica sobre la novela. “Pedro Páramo iniciaba su vida crítica, la que hoy todavía continúa”, acota Jurado. Chumacero señala que “en el esquema está contenida la falla principal… Intenta ser una obra fantástica, pero la fantasía empieza donde lo real aún no termina”. Chumacero hubiera hecho otra cosa, pero Rulfo lo hizo a su manera, dice en su defensa Jurado. Pedro Páramo es, para Chumacero, “la novela de un principiante, de la cual solo se puede rescatar el ‘valor aislado’ de cada una de las escenas”, ignorando la esencia fragmentaria de la novela, que forma un todo y es la intención subterránea de Rulfo. “El crítico espera una novela que se ajuste a la estructura canónica del género: con una ordenada composición, con núcleo y pasaje central”, afirma Jurado. Y se pregunta: “¿Qué tanto influyó esta nota crítica para que Rulfo desistiera de entregar una nueva novela y que destruyera algunos borradores? Para bien o para mal, no lo sabemos”.

Y quién era el mentado Pedro Páramo, un hombre que fue creciendo como mala yerba, “de cosa baja que era, se alzó a mayor”, terrateniente, mujeriego sin escrúpulo, fantasma temido que llena las páginas con su vida, que es también las voces del pueblo que divagan inquietas relatando lo incontable, que aquí funge como memoria recobrada. Ese patrón de parroquia que se confunde con el político, promesero, a muchos les juró dejarles sus bienes y con esa esperanza solo los recompensó la muerte.

Esa figura todavía predomina en Latinoamérica y es la del gamonal, aquel que ejerce el poder en los pueblos, y su nombre no termina de escribirse: violencia, pero acá es la opresión sicológica que el tal Pedro Páramo imprime a su alrededor, incluyendo a la Iglesia católica, encarnada por el padre Rentería, bonachón como todo angelote parroquial, que le acepta sus desafueros por interés y miedo… Se revolcaba en la cama porque no podía dormir, el remordimiento lo punzaba porque los poderosos lo sostenían, y “de los pobres no consigo nada; las oraciones no llenan el estómago”. En el largo sueño de la vida y la muerte que es la novela, sentía que había traicionado a los que le dieron su fe y lo buscaban “para que intercediera por ellos para con Dios”.

La culpa redimida, duplicada, la culpa desde su púlpito íntimo. Y esto se evidencia en la muerte de Miguel Páramo, quien siguió el legado cruel de su padre, y cuyo caballo iba solo a un lado y otro en la noche rulfiana, y a quien en principio el padrecito Rentería se niega a darle cristiana sepultura pero llega el patrón a torcer el destino…

Y al final, todo se evapora o, mejor, se incorpora mágicamente a la memoria literaria: Pedro Páramo dio “un golpe seco contra la tierra y se fue desmoronando como si fuera un montón de piedras”. Y nosotros nos sumergimos en un alud de palabras que todavía nos sorprenden para la eternidad.

ALFONSO CARVAJAL

Especial para EL TIEMPO

Ekuneil

serpiente

El día había sido duro como siempre, la tarde gris y fría, morían los últimos rayos del sol, ahora sentía John que revivía, su palpitante corazón llenaba de sangre y calor y color su antes pálido rostro, caminaba con un paso firme y constante, sin disminuir ni detener su andar, levantando su mano derecha sobre su cabeza  colgó su bandolera de cuero, cruzando el asa plana sobre su cuerpo, las calles estaban húmedas y escurrían el agua remanente de una lluvia torrencial, las atestadas calles de un pesado, lento y absurdo tráfico, los andenes atestados de personas que se movían en dos direcciones, el muelle de abordaje al autobús formaba un cúmulo de gente, con la paciente calma del resignado, masa viviente que lucía inerte, John miraba el ausente vacío, interpretaba silencioso sus pensamientos, recreaba en su mente la llegada a casa, el aroma y la calidez y el color de su hogar, su hija estaría realizando las tareas de la escuela, cuando llegue tendrá que revisarlas, su esposa estaría sentada frente a su hija, vestida con un hermoso vestido de flores, prepararía la mesa y serviría a su exhausto esposo una deliciosa, cena recién reparada, el olor de la comida llenaría de vida su mancillado corazón del día, se sonrojaban sus mejillas y un ligera sonrisa delineaba el contorno de su rostro, el autobús hizo la parada y miro el letrero luminoso que informaba la ruta, estación manantiales, ruta 101, atravesaban las letras luminosas el tablero frontal del autobús, las personas amontonadas pero con calma subían al autobús, algunos puestos estaban desocupados, pero John prefería mantenerse de pie, muchas de las personas sentadas miraban las pantallas de sus teléfonos celulares y los que iban de pies, también, pero John concentraba ahora más su atención en su llegada a casa. El recorrido fue imperceptible, la mente ocupada hace del paso del tiempo un placer, pronto el mismo montón de personas bajaban en la estación manantial, con la misma calma apresurada un desasosiego disfrazado, una mujer se apresuraba en cruzar miraba en la dirección de llegada, no vio el autobús expreso, el viento golpeo el rostro de la mujer que palideció, dio un paso atrás, intentaba recuperar el aire y la respiración, un hombre en la otra acera, justo enfrente, miró con  irritación a la apresurada mujer, el semáforo del peatón cambio a verde y la masa viviente que atravesaban la calle en ambas direcciones se entrelazaba en un orden caótico que definía la posición de cada individuo.

John inicio el recorrido del camino a casa, el mismo camino que había recorrido ya muchas veces, un constante flujo de tenues e imperceptibles cambios habían transformado el recorrido de John, el trayecto era mismo, pero su recorrido ya no lo era, un hombre apenas viejo se acercaba a las pidiendo limosna, era un hombre pequeño, de piel sucia y agresiva apariencia, era viejo o era el reflejo de una sórdida existencia, John ignoró su presencia y continuo con paso determinado, un grupo de jóvenes hablaban y conversaban con el ímpetu y el vigor de la juventud, con un tácita actitud de propiedad y derecho sobre el espacio, algunos transeúnte se desviaban ligeramente del grupo, John atravesó en línea recta sin mirar a nadie, para él no existían las concesiones, el que parecía ser el líder, miró a John que los ignoró, la noche era la dueña del tiempo y la oscuridad su ley, ya estaba cerca de casa, la niebla y el frio de la lluvia ambientaban el final del trayecto, las fuertes lluvias arrastran con sus corrientes lo que encuentra a su paso, cosas insólitas podrían ocurrir, una serpiente enroscada levantaba la cabeza, John ahora detuvo su andar, su hogar estaba cerca, justo detrás de la amenazadora serpiente que enseñaba sus filosos colmillos y sacando su lengua saboreaba el húmedo sabor de la noche, John de pie y sin moverse, bajo su mirada revisando el entorno, cada problema trae su solución y contigo esta su conclusión, a su lado derecho había un palo de rama seca, lentamente John se agacho y con su mano derecha agarro el palo por un extremo, se levantó y lo empuño fuerte con su mano, el ataque seria directo, su ataque será un tercio de su cuerpo es posible que más, hombre y serpiente arremetían contra sí, el golpe debe ser fuerte, conciso y preciso, directo a la cabeza, ataco girando su brazo, el extremo del palo alcanzaba una velocidad que silbaba cortando el frio, húmedo y pesado aire, la serpiente elevaba su cabeza y sus ponzoñosos colmillos destellaban, la colisión era inminente, velocidad, tiempo y espacio eran los precisos, la victoria estaba asegurada, la conmoción era intensa y la parasomnia había sido vencida, John abrió sus ojos con agitada respiración, miro a su alrededor,  su esposa dormía a su lado y su hija se había pasado a su cama quedándose dormida entre ellos.

 

Juan Fernandez

El silencio de los andes

Capítulo 1

Doña Ana terminaba de preparar la mesa, aunque Ramona la cocinera era la persona encargada de la preparación de los alimentos doña Ana se reservaba la preparación y atención de la mesa, siempre dedicada a la atención de su familia, Julián, el hijo menor de la familia, con una inmaculada disciplina, estaba ya sentado a la mesa, esperando sirvieran el desayuno.

─¡Niñas la mesa ya está lista! ─grito doña Ana al pasillo que conduce a las habitaciones de la casa.

Dos niñas salían apresuradas de sus habitaciones cargando las pesadas mochilas del colegio, se apresuraban por sentarse a la mesa, empezaba a  hacerse tarde para ir a la escuela, dejaron caer las pesadas mochilas a un lado de las sillas cuando se sentaron a la mesa, eran las niñas Oyola, Azucena y Jazmín, segunda y tercera del matrimonio, Azucena de carácter apasionada con sueños, ilusiones, metas y anhelos, dedicada en los estudios, era una niña de rasgos finos y delgados, poseedora de unos encantadores ojos café, abundantes cabellos color negro que contrastaba con su pálida piel,  hermosa como una luna clara de noche serena. Jazmín, de carácter sentimental suave y apacible, amante de la vida, del campo, las plantas y los animales, de hombros y brazos fuertes ojos claros y mirada sincera, cabellos finos de color castaño y piel trigueña, hermosa como el radiante sol de la mañana.

Don Rafael, el padre de familia salía de la habitación, impecable y reluciente como moneda recién forjada, el cabello todavía húmedo reflejaba la luz sobre su habitual peinado conservador a medio lado. Doña Ana lo miró, tan guapo como el mismo día en que lo conoció, sus ojos destilaban una religiosa admiración que aumentaba en cada despertar y un poco más en la noche al finalizar el día, lo miraba acercarse a la mesa, ella por acto reflejo alcanzó la cafetera y sin apartarle la mirada sirvió una taza de café a su esposo entregándosela directo de sus propias manos, don Rafael recibió la humeante taza de café, mientras sus pupilas de dilataban esbozando una amplia sonrisa que enmarcaba con sus gruesos y abundantes bigotes.

─Buenos días ─dijo don Rafael a su esposa con cierta complicidad y dándole un beso sobre sus labios.

─Buenos días ─respondió doña Ana con tierna sonrisa y unas mejillas que se ruborizaban.

Don Rafael después de tomar el primer sorbo de café, se acercó a la mesa dando los buenos días a sus hijos, mientras con la palma de su mano acariciaba el lacio cabello color castaño de Julián que movió su cabeza buscando cuidar el peinado de su cabello.

─Buenos días papá. ─respondieron uno a uno los hijos de don Rafael Oyola, que rodeando la mesa iba posando su mano sobre la cabeza de cada uno de sus hijos.

Continuo don Rafael tomando su café matutino, miro alrededor de la casa, halo una de las sillas de la mesa y giro como buscando algo a alguien, preguntando a todos, pero sin dirigirse a nadie.

─¿Y Octavio?

─No ha salido de su habitación aún. ─respondió doña Ana.

En ese preciso momento apareció un hombre joven, alto, de contextura gruesa, hombros anchos y brazos fuertes, con el mismo peinado conservador de don Rafael, era Octavio Oyola Mejía, el hijo mayor del matrimonio.

─Buenos días ─dijo con su grave voz, profunda como el azul del océano, envuelta en el aura de una carismática personalidad, radiante como la luz del día, esbozaba una amplia sonrisa y sus finos labios se alargaban dejándolos como dos líneas rosadas que enmarcaban una perfecta dentadura de un brillante blanco.

─Buenos días, ─contesto toda la familia a Octavio, correspondiendo así cada uno de los integrantes al saludo del hombre joven. Jazmín se levantó de su silla y salió corriendo para lanzarse a su hermano, abrazándolo por el cuello y le panto un beso en la mejilla.

­─Buenos días mi chiquita, ─correspondió Octavio a los efusivos buenos días de su hermana menor, dando un giro completo con su hermana entre  sus brazos, después de descolgarla de su cuello, y liberado de los brazos de su hermana, se acercó a la mesa, su mamá doña Ana, le había servido una taza de café que entrego en sus manos, Octavio luego de recibir la taza de café, posó un beso en la frente de su madre, saludo a su hermano Julián colocando su mano sobre el hombro derecho de Julián Oyola, que continuaba esperando a que su madre le sirviera el desayuno. Octavio se sentó al comedor y ahora estaba toda la familia reunida en la mesa, el día había iniciado, doña Ana, empezó ahora si a servir el desayuno, era un desayuno típico de la región, Ramona conocía ya los gustos y preferencias de la familia, empleada ejemplar que aún hoy y después de veinte años de servicio a la familia, todavía se esforzaba en preparar sus mejores recetas, arepas de maíz untadas con mantequilla, huevos revueltos, queso, una canasta con rebanadas de pan, acompañados por una taza de chocolate, los dulces y suaves aromas adornaban la mesa con una sublime sensación de paz y felicidad, las niñas Oyola hablaban de los compromisos y las actividades en la escuela, los mayores escuchaban con fascinada atención a los comentarios de las niñas, mientras Julián apenas contestaba si era necesario responder a una pregunta, Julián un adolescente independiente, responsable de sus obligaciones, el mejor estudiante de su salón de clases, algo que sus padres reconocían, pero que eran incapaces de comprender.

La familia había terminado el desayuno, ahora la señora Lourdes se encargaba de las tareas domésticas, empezó a recoger la mesa, cuando las bocinas de un automóvil  sonaban afuera de la casa rompiendo con la tranquilidad de una apacible tertulia de familia, era el transporte de los estudiantes.

─ Ya llegó el señor José. ─ exclamo doña Ana, apresurando a sus hijas, se levantó para ayudar a Jazmín a levantar la pesada mochila, entrego las loncheras cada uno de sus hijas y buscando con la mirada algo o alguien a quien parecía no encontrar, miró girando la vista hacia el interior de la casa, tampoco encontraba la lonchera de Julián, miró hacia la cocina, la señora Lourdes y Ramona realizaba las labores de limpieza de la cocina.

─¿Julián? ─preguntaba doña Ana dejando en evidencia su escudriñadora mirada, Julián estaba preparado para salir a un lado de la puerta, con la lonchera colgada de su hombro, se había despedido de su padre y de su hermano y ahora esperaba a un lado de la puerta para darle el beso a su madre antes de salir de casa, las niñas se despedían de todos con besos en las mejillas a sus padres y a su hermano mayor, salían los tres jóvenes estudiantes y doña Ana los acompañaba hasta que subían al transporte, de pies en la terraza se quedaba mirando el vehículo atravesar el portón y descender el camino hasta desaparecer entre los altibajos de la destapada carretera, todavía su corazón evocaba aquella sensación un vacío en su pecho, una ausencia del aire, un sentimiento de satisfacción y nostalgia, cuando Octavio iba a su primer día de escuela y este sentimiento se repetiría tantas veces en su vida que ya nunca pudo separarlo de ella, porque paso a ser parte de ella, doña Ana es una mujer de costumbres conservadoras, en la que es fácil distinguir su carácter sentimental, protectora de su familia, siempre serena con una lozanía en su rostro que parecía determinada a no abandonarla.

Don Rafael y Octavio continuaban sentados en la mesa, hablaban de la buena situación de la finca, el buen momento en que estaban, las cosechas eran de las mejores en muchos tiempos, desde que Octavio había empezado a participar en las decisiones y planes de la finca los beneficios y bienestar de la familia iban mejorando sustancialmente, así mismo mejoraban las condiciones de vida de sus empleados, muchos reconocían el potencial del joven muchacho, pero a decir verdad muy pocos esperaban buenos resultados de la empresa Oyola, ahora las cosas empezaban a marchar bien, había sido difícil, como haber arrancado un reseco engranaje, que ahora a fuerza de voluntad y trabajo despegaba su vuelo, habiendo lubricado cada viejo y oxidado elemento del proceso la empresa Oyola despuntaba como una de las más prosperas de la región, sin embargo no todo eran buenas noticias, don Rafael contaba a su hijo la actual situación con algunos de sus trabajadores que habían manifestado estar inconformes con la actual paga de sus jornadas, los jornaleros señalaban que las cosechas de la finca Oyola eran las mejores, argumentando que eso era gracias a ellos, insistía que habían fincas que estarían pagando mejores salarios, la semana pasada uno de sus mejores jornaleros habían renunciado incitando a varios que lo siguieran, Octavio miraba pensativo y atento a las palabras de su padre.

─Pero… estamos pagando los salarios justos, son las tarifas oficiales de toda la región. ─dijo Octavio incrédulo ante tal argumento. ─No entiendo, siempre han sido unos empleados, comprometidos y conformes con sus salarios, hoy mismo hablaremos con ellos.

─Prepare una reunión con los trabajadores para esta mañana, esperaba por tu regreso. ─dijo don Rafael.

Doña Ana regreso al interior de la casa se acercó a la mesa, sirvió de nuevo café para ellos y claro está, para ella también, se sentó junto a su esposo y su hijo mayor, los dos hombres pausaron la acalorada conversación, y tomaron juntos el café, doña Ana empezó una nueva conversación, sugería a su esposo algunos cambios que deseaba para la casa, en particular estaba preocupada por la ausencia de un estudio adecuado para los jóvenes estudiantes, don Rafael y Octavio parecieron sorprendidos por la iniciativa de doña Ana, y después de compartir algunas ideas, los tres  concluyeron que la instalación de un estudio era necesaria en el corto plazo, doña Ana se levantó de la mesa retirando los pocillos y la cafetera. Octavio y don Rafael continuaron con la pausada conversación, esta vez Octavio expuso los planes del futuro de finca a su padre, estaba planeando una serie de cambios y algunas mejoras que la harían más productiva, con lo que esperaba obtener una mayor rentabilidad a las registradas los años anteriores.

Actualmente los Oyola tenían centrada su producción principalmente en el cultivo de legumbres y verduras, además de algunos árboles frutales, Octavio estaba contemplando la posibilidad de incursionar en el mercado internacional, donde encontrarían los mayores beneficios, aunque esto significaría un desafío, estaba decidido en asumir ese compromiso, explicaba que su estrategia seria mantener y enfocar la producción en solo algunos pocos productos agrícolas con proyección a exportar, hablaba de controlar y reducir el área dispuesta para el ganado, había estado estudiando nuevos métodos para la ganadería aplicados en otros países donde existen mayores índices de productividad con un uso eficiente de la tierra, don Rafael escuchaba la exposición de su hijo, aunque de momento no comprendiera en su totalidad las ideas de Octavio.

─Está bien Octavio, pero todavía no entiendo cómo podríamos hacer eso. ─Respondió don Rafael.

─Bueno papá, he estado pensando en cómo lo haremos, pero todavía estoy trabajando en ello, cuando tenga todo listo te lo explicare, solo necesitaría un capital inicial para colocar en marcha los nuevos planes.

─¿Y dónde conseguiríamos ese capital inicial?; ¿ Y de cuánto dinero estaríamos hablando?

─Todavía no lo sé papá, estoy realizando unos cálculos para determinar un estimado, y en el banco ya estoy averiguado los requisitos para aplicar a un crédito, por ahora papá lo importante es mantener nuestra situación actual.

Don Rafael y Octavio se despidieron de doña Ana, se dirigieron al rincón donde había un perchero, de allí tomaron sus sombreros aguadeños con cinta negra, y  salieron de la casa, cuando Octavio y don Rafael salieron a la terraza de la casa dos enormes perros labradores se arremetieron moviendo las colas, ladraban juguetones rodeando a Octavio, quien con una sonrisa empezó a acariciarlos mientras los perros lo rodeaban, liberándose un poco del cerco de los perros, tomó un palo que empezó a mostrarle a los perros que saltaban a su lado tratando de atraparlo con la boca, disputando entre los dos, cuando alguno lograba atraparlo el otro ladraba y Octavio lo recompensaba con una caricia en la cabeza, después lanzaba a lo lejos el pedazo de madero y los perros  salían disparados a conseguirlo, así saludo Octavio a sus amigos caninos.

Don Rafael dirigió su atención y su mirada hacia un hombre que realizaba labores a un lado de la casa, era Alfredo el capataz de la finca Oyola, un hombre fuerte de amplio pecho y estatura media, con un rostro limpio y bigotes acicalados, esposo de Ramona, han estado al servicio de la familia Oyola desde el momento de la compra de la finca cuando Alfredo siendo un joven muchacho, prestaba servicio de cuidandero para los antiguos propietarios, Alfredo suspendió labores y se acercó a don Rafael.

─Buenos días patrón, dijo Alfredo ofreciendo su mano para saludar a don Rafael que estrecho su mano.

─Buenos días Alfredo. ─respondió don Rafael. ─¿está todo listo ara le reunión?

­─Sí señor, están todos citados par hoy a las diez de la mañana, en el bohío del almacén.

­─Muy bien Alfredo muchas gracias.

Octavio continuaba jugueteando con los perros, agachado acariciaba a sus compañeros para concluir el saludo de regreso, luego se levantó y extendiendo la mano a Alfredo, ofreciéndole un fuerte estrechón de mano y un abrazo.

─Buenos días Alfredo.

─Buenos días don Octavio, respondió Alfredo, ─¿cómo estuvo el viaje?

─Muy bien Alfredo, muchas gracias por preguntar, luego hablaremos hay algo que quiero contarte… y Alfredo… hay que bañar a los perros.

─Si señor antes del almuerzo vendrán a bañarlos.

Una vez habiendo terminado de saludar a Octavio, don Rafael ordenó a su capataz alistar dos caballos, Alfredo levantó su mano y dirigiéndose a dos de sus ayudantes ordenó preparar los caballos de don Rafael y de Octavio, los ayudantes regresaron a los pocos minutos con los dos caballos asidos por las correas, eran dos hermosos animales eran dos caballos criollos de capa castaña, Octavio se acercó a uno de los hombres que traía su caballo, lo asió por la rienda y empezó a acariciando su pelaje, enredando sus dedos entre la crin, hablándole mientras lo acariciaba hasta la punta del hocico, el caballo parecía atender a las palabras de Octavio, moviendo sus orejas y bajando la cabeza ante las caricias, don Rafael estaba listo para montar a su caballo,  miraba a Octavio consentir al animal, después de acariciar al caballo reviso las herraduras y la montura del caballo, acercándose a un lado del caballo, montando de un solo brinco sobre la montura del caballo, agarro la rienda con una de las manos y con la otra acomodaba su sombrero, don Rafael con su baja estatura, piernas cortas y prominente barriga, era un hombre fuerte y grueso, con un abundante bello que cubría sus brazos, montó a su caballo con la misma agilidad de sus mejores años, agarró con una mano la rienda y con la otra acomodó también su sombrero, para empuñar ahora con ambas manos las riendas de su caballo, padre e hijo salen a hacer su habitual recorrido por la finca como era costumbre cada inicio de semana, andaban lento por los caminos de la finca, iban saludando a los trabajadores a su paso levantaban su mano y entregaban los buenos días, los obreros respondían levantando la mano y contestaban los buenos días a sus patrones.

El día era claro, el sol brillaba sobre la montaña, los caballos avanzaban a paso lento por los senderos de la propiedad, la finca disponía de unas cincuenta hectáreas, con un límite natural al oriente, un arroyo que descendía de la parte alta de las montañas, definía los límites de su vecino don Héctor Arteaga, al occidente limitaba con una montaña que se elevaba imponente, un monolítico coloso de esquistos, al norte la limitaba la impenetrable geografía de la selva húmeda tropical, y al sur limitaba con la finca del mayor propietario de la zona don Abel Aguilar, don Rafael había adquirido la finca con el dinero que heredo en vida de su padre justo antes de su matrimonio, don Rafael trabajo siempre al lado de su padre en los cultivos de café, y durante su juventud solía acompañar a su padre en algunos viajes, cuando visitó por primera vez la sabana bordeada por inmensas montañas, había quedado enamorado, enseguida supo a donde pertenecía su corazón, el antiguo propietario de estas tierras había sido un criollo que había decidido vender todas sus tierras para invertir en la naciente industria de la época en la capital del país.

Alfredo atendiendo la orden de don Rafael llegó al almacén donde ya había algunos trabajadores, Alfredo se acercaba a saludar y a charlar a los presentes que continuaban llegando y el número aumentaba, ya eran más de diez personas presentes, este almacén lo había hecho construir don Rafael a un lado de un pozo de agua que ya estaba cuando el adquirió estas tierras, ubicado en un promontorio en la parte central de la finca, don Rafael siempre estuvo fascinado con la historia del zahorí que detecto la corriente subterránea de agua, todavía hoy se pregunta cómo se le habría ocurrido buscar agua sobre una loma. Con el paso del tiempo este se convirtió en el sitio donde se reunían los trabajadores antes de empezar el día, quizás fue por su ubicación en el centro de la finca y porque estaba al lado del pozo de agua, después se construyó el bohío para que los empleados reposaran y tomaran sus comidas, como algunos llegaban a caballo se hizo construir un bebedero para que también los animales tomaran agua y reposaran, nacieron nuevas necesidades y así mismo se iban creando nuevas transformaciones, una pequeña cafetería había sido anexada a un lado y el bohío se había adecuado con mesas y sillas, ahora además de comedor se usa también para reuniones de los trabajadores. Eran un total de veinticinco los empleados de tiempo completo, veinticinco familias que obtenían el sustento a través de la agricultura en la finca de los Oyola, número de empleados que se multiplicaba por cuatro en durante las cosechas, aportando prosperidad a los habitantes de la región, todos ellos tenían algún vínculo directo entre sí, ya fueran, familiares, amigos o conocidos, esos eran los empleados de la familia Oyola, personas que durante la baja demanda de mano de obra, se dedicaban a diversos oficios y con el dinero que ganaban durante las cosechas dedicaban tiempo a las actividades domésticas, sociales y familiares, pues a la falta de trabajo, no existía la carencia de alimentos, era abundante y generosa la producción agrícola de la región como para permitir gozar de un bienestar producto del constante trabajo de sus habitantes.

Eran un poco más de las nueve de la mañana Octavio y su padre andaban sobre sus caballos cerca de las cosechas, se acercaron debajo de la sombra de un pequeño árbol, allí bajaron de sus caballos y los amarraron al tronco del pequeño árbol, entraron caminando entre los cultivos, que crecían sanos, los trabajadores habían suspendido sus labores para asistir a la reunión, algunos pocos esperaban hasta el último minuto y continuaban dedicado a sus tareas, los cultivos lucían prometedores, pronto estarían listos para cosechar, siguieron adentrándose entre un cultivo de piñas, que lucía como un inmenso papel tapiz decorado con pequeños puntos color naranja simétricos en toda la extensión del cultivo, después de haber dado un pequeño recorrido entre el cultivo de piñas, Octavio mostraba una expresión de optimismos al estar inmerso en medio de aquellas extensiones de tierra cultivada, quizás fuera por el aroma, por el aire limpio y puro de las montañas, o quizás era que su corazón estaba en el lugar donde pertenecía, a lo lejos se acercaba un jinete en suave galopar, era Alfredo, Octavio y don Rafael salieron del cultivo.

Alfredo se detuvo debajo del mismo árbol, donde habían Octavio y su padre habían dejado los caballos, desmonto de su caballo, con su habitual indumentaria de trabajo que siempre vestía, era como un tributo al trabajo, como un símbolo, y celebraba sus mejores ceremonias los domingos, día de sus descansos, cuando lucia impecable su ropa de trabajo,  cuando los dos hombre se acercaron Alfredo dijo;

─Ya tenemos todo listo para la reunión.

─Está bien… regresemos. ─dijo don Rafael.

Los tres hombres montaron sus caballos y salieron al paso, Octavio iba al frente, mientras que don Rafael y Alfredo detrás hablaban inaudibles, el trayecto fue tranquilo y sereno, Octavio llegó y desmotó su caballo, uno de sus trabajadores salió a recibir el caballo, los trabajadores se asomaban a saludar a sus patrones, detrás llegaba don Rafael seguido de Alfredo, don Rafael desmontó de su caballo que fue recibido por uno de sus trabajadores y lo dirigió a un lado del almacén, junto al bebedero. Octavio y don Rafael, hablaron aislados del numeroso grupo de personas que esperaban por ellos dentro del bohío, las personas hablaban entre si mientras que esperaban por la palabra de sus patrones, don Rafael Octavio y Alfredo se colocaron al frente del grupo de personas que esperaban, el encargado de iniciar la intervención fue Octavio que con estentórea voz entrego los buenos días a los presentes que respondieron animados al saludo de Octavio que continuo su intervención hablando del tema que los reunían a los presente ese día, Octavio con una firme posición y la seguridad que siempre lo ha caracterizado, explico a los presentes;

─Rumores se han dicho acerca de la venta de nuestras tierras y el cierre de las actividades agrícolas de nuestra familia, nada más lejos de la verdad, porque justo ahora estamos centrando todos nuestros esfuerzos en aumentar nuestra productividad para ser competitivos en el mercado.

Uno de los presentes de la primera fila levantó la mano y Octavio cedió la palabra.

─Ya dos fincas de la zona han sido vendidas, ya no cultivan y muchas familias perdieron sus empleos, los dueños de las tierras las venden y se van con su dinero a la ciudad y abandonan a la gente que tantos años les ha servido.

Empezó un murmullo que fue creciendo y aumentando en volumen e intensidad, una voz se elevó entre el barullo y todos giraron su atención.

─¡Venden la tierra y nos matan de hambre!

Octavio rastreo con vista de águila la fuente de aquella voz, y respondió con fiera determinación.

─¡Eso aquí no va a suceder!

─Ya le están ofreciendo a dinero a don Héctor Arteaga por su finca, y se dice que pronto la compraran.

─Ne he escuchado tal cosa de los Arteaga, parece ser que hay desinformación y confusión entre ustedes.

─Eso es lo que se dice… ─grito alguien de la parte de atrás.

Octavio retomo el orden y la palabra.

─Ahora mismo estamos analizando una serie de mejora en nuestros cultivos los que nos darán un mayor beneficio y esperamos aumentar nuestros cultivos y diversificar, el futuro es prometedor y es de nosotros, pero tenemos que hacerlo juntos, ayúdenme y confíen en mí y en nosotros mismos… juntos lo lograremos.

Una nube renovadora y un halo de tranquilidad reposo en el ambiente, un segundo de silencio, mantuvo una atmosfera de esperanza, cuando una vos en la parte trasera del grupo de personas irrumpió el instante

─Entonces porque están echando gente… a mí me echaron y todavía no me pagan.

Don Rafael de un sobresalto levanto la cabeza y dirigió su mirada al hombre que citaba aquellas palabras… no lo encontraba con su mirada pero ya parecía saber de quien se trataba y dirigiendo su mirada al fondo del grupo le respondió.

─Tú mismo tomaste la decisión de irte.

─Nos están robando nuestro trabajo y ustedes se hacen más ricos… vengo a que me paguen mi dinero…

Las personas se fueron separando del inconforme hombre y un pasaje de abrió entre las personas presentes y los tres hombre que precedían la reunión, como un conducto directo entre los patrones y el saboteador.

Cuando el hombre abría su boca para continuar con su discurso, la voz de Octavio lo apago como trueno que retumba hasta los cimientos de la tierra.

─Tú te vas ahora mismo, ya no trabajas con nosotros…

─Me voy cuando me paguen…

Los ojos de Octavio emanaban una furia indescriptible, manteniendo el control del impulso respondió;

─Recibirás tu paga el día del pago como todos… y ahora fuera de nuestras tierras, tú ya no perteneces aquí.

Octavio miro a un lado buscando el rostro de Alfredo que como siempre sobraban las palabras, iba ya en camino a retirar al indeseado intruso, quien con la cara roja por la vergüenza de la derrota dio media vuelta y empezó a caminar en dirección a la salida, Alfredo montó su caballo y mientras se le acercó por un costado y le dijo:

─Yo te acompañare a la salida.

El hombre no respondió y tampoco miro al capataz de la familia Oyola.

La conspiración de los cucarachos

 

vagabundo

Estaba el vagabundo aún  hambriento, con su larga y espesa barba tan curtidas que era difícil apreciar las canas y su verdadero color, todavía emanaban el olor a queso rancio en salsa de ajo que había hecho parte del banquete de la noche anterior, su cara con piel ajada y arrugada de tono traslucido que resaltaba las órbitas de sus ojos saltones y chispeantes, cubierto de espesas vestiduras ya bastante roídas por las inclementes condiciones a las que eran sometidas cada noche, pero el hecho de volver despertar en cada amanecer tibio y respirando, daban crédito a la efectiva selección de su rudimentario atuendo, calzaba unas robustas y pesadas botas, con overol color índigo, que por su apariencia podría jurar que eran por lo menos dos, uno sobre otro, vestía también una chaqueta de capucha color verde aceituna con la que mantenía cubierto parte de sus largos cabellos, cubría todo su cuerpo bajo un abrigo de color gris que mantenía abotonado hasta la solapa, atado a su cintura con la ayuda del cinturón, y con el cuello desdoblado hacia arriba. El olor a ajo le hacía recordar la noche anterior en el callejón, concluyendo por su propia experiencia, que todo en la vida viene adobado con una pizca de ironía, con cierta indiferencia se burlaba de la miseria de su humanidad, y mientras caminaba iba silbando aquella  canción “dont worry…  be happy”

El callejón estaba lleno de amplias charcas de aguas lluvias que se acumulan en los baches, siempre ha sido un callejón oscuro y húmedo, un austero callejón que poco refugio podría ofrecer a los transeúntes vagabundos de la noche, pero ahora, los propietarios de un nuevo restaurante que había sido inaugurado la semana anterior, han iluminado la parte del callejón que ofrece la salida a la avenida principal, han instalado también un nuevo gran contenedor de basura, fabricado en polímero de color verde y que todavía huele a nuevo, los empleados del restaurante sacan la basura, desechos, desperdicios y sobras, esto lo hacen cada madrugada entre la una y las dos de la mañana, dando la oportunidad a nuestro amigo vagabundo de explorar en aquellas exquisitas y dulces riquezas que podría ofrecer el enorme contenedor, el camión de la recolecta llega siempre alrededor de las cuatro de la mañana, tiempo de sobra para disfrutar del aleatorio e incierto menú.

Era todo aquello un territorio virgen, para aquel infortunado, la austeridad de los tiempos pasados había desesperanzado a cualquier habitante de la calle de encontrar en este sitio algo de confort o refugio, pero para aquel vagabundo este era un hallazgo, un tesoro, algo que merecía proteger de los oportunistas que deambulan como aves de rapiña nocturnas, silenciosas, ocultos entre las sombras, sensibles al menor ruido, como aquellos que cuando carecen de algo, están esperando encontrarlo en las manos de alguien para arrebatárselo.

La última semana ha sido confortable y hasta placentera, porque cada noche después de un generoso banquete, enciende un habano barato, que compra con el dinero colectado durante el día, la única preocupación cotidiana de aquel vagabundo, su vida está resuelta.

Cuánto puede durar la felicidad, el placer de sentirse satisfecho con las oportunidades de nuestro mundo, quizás aquel vagabundo había encontrado su armonía con el universo, solo bastaba seguir seco cálido y respirando, encontrar un lugar en el basto infinito, para en ese instante agradecer a la vida y al universo por todo lo ofrecido, la escasez y la abundancia.

Era una noche fría y húmeda las lluvias del día habían dejado los charcos rebosados de agua y el aire limpio recorría el callejón, pocos clientes frecuentaron esta noche el restaurante, quizás el frio o la amenaza lluvias llenaron de argumentos y pretextos a los clientes esta noche, como es usual los empleados del restaurante depositaron la basura a la misma hora, eran las dos de la mañana, el vagabundo esperaba oculto entre las sombras, sentado y acurrucado como tratando de mantener el calor con ayuda de su propio cuerpo, el golpe del seguro detrás del portón del restaurante anunciaba la apertura del comedor de nuestro amigo.

Una  sonrisa se dibujó en su rostro con aquel golpe del portón,  que anunciaba la bienvenida a nuestro comensal, sonreirá acariciando su larga barba desde arriba hacia abajo, se levantó majestuoso,  y mientras se acercaba caminando al verde contenedor, empezaba a frotar sus manos invadido por la alegría del que tiene la seguridad de saciar su hambre con exquisito paladar, levanto con mucha calma y despacio la tapa del contendor, con la delicadeza del que prepara la mesa, retiro las bolsas de la basura una a una, en absoluto orden retirando primero la bolsa de la parte superior, cuatro bolsas había contado al empleado depositar dentro del contenedor, y cuatro bolsas retiro del contenedor.

Con la paciencia de un maestro y con la curiosidad de un niño, abrió la primera bolsa, estaba llena de desechos de baño, detergentes y restos de comida colectados del fregadero, una sonrisa retorcida arrugo una parte de su cara, mientras se escapó un quejido de su garganta, sin desordenar el contenido volvió a atar aquella bolsa y la coloco en el interior del contenedor, tomo la segunda bolsa y encontró restos de papelería, cartones y algunos envoltorios de diferentes productos, la sonrisa de su rostro se iba desvaneciendo, ahora el rictus de su boca parecía encogerse dejando una sensación de amargura y desesperanza, con premura amarro la bolsa y la coloco dentro del contenedor, un halo de frustración invadió su mirada, miro hacia las dos bolsas restantes, temeroso se mostraba indeciso de cual bolsa tomar para abrir, con trémula mano y como suplicando al cielo tomo la tercera bolsa, movía rápido sus labios con una imperceptible voz, como aquel que habla para sí mismo.

Abrió la tercera bolsa, sus labios, su voz y su mirada se detuvieron, congelado por un instante, como si alguien detuviera el tiempo, la alegría, el color y la risa llenaron su rostro, ahora con frenesí y con ambas manos acariciaba su bigote y su barba de arriba hacia abajo. Con cuidado empezó a sacar el contenido de la bolsa, encontró una rebanada de carne en conservas a medio comer, también habían restos de queso de coliflor adornados con tocino crujiente, y algunas papas hervidas, su boca se hacía agua, siguió hurgando en el fondo de la bolsa y encontró algunos trozos de pan, algunas rodajas de pan rebosadas con abundante  jalea de fruta, jamón, tocino y un revoltijo de lo que fuera una ensalada de atún.

Acomodo esta bolsa junto a él mientras apresurado pero con cuidado abría la última bolsa, no había más que desechos plásticos, de esta bolsa saco un recipiente plástico aplanado y lo coloco dentro de la tercera bolsa, ato la última bolsa y la deposito dentro del contenedor.

Tomo la tercera bolsa y después de cerrar la compuerta del contendor se alejó del callejón, contento caminaba cantoneándose, volvía a entonar el silbido de aquella pegajosa canción, así se fue alejando hasta su sitio predilecto para su cena, se dirigió caminando a una apartada plataforma de descargue de una lavandería cerca del restaurante, se acercó al borde de la pared y metiendo su brazo por una ranura entre dos muros halo un pedazo de cartón, con el que sin soltar la bolsa sacudió en el piso de la plataforma, dejo caer el pedazo de cartón y se sentó a un lado dejando la bolsa sobre el mantel de cartón, abrió la bolsa y extrajo el recipiente plástico que coloco bien cuadradito como quien ajusta el mantel sobre la mesa de un suntuoso restaurante, sobre aquel recipiente coloco los restos tratando de organizarlos de una manera elegante sobre el recipiente de plástico, la rebanada de carne en el centro, a un lado el trozo de queso coliflor, con las papas a medio comer, la rodaja de pan estaba intacta salvo por el mordisco, la abundante jalea se había regado y mezclado en parte con la ensalada de atún, la que colecto y la sirvió a un lado del recipiente, era todo un banquete digno de un rey, sus ojos chispaban como de costumbre y sus manos ahora jugueteaban la una con la otra, mirando al cielo daba las gracias y como sin saber por dónde empezar, tomo con la punta de sus dedos la jugosa carne y dio un mordisco, no un gran mordisco, no un pequeño mordisco, fue un mordisco del que ha agradecido cada noche a el hambre en su cuerpo, con la rodaja de pan aprisionaba el revoltijo de ensalada y jalea de mora, para engullir un buen bocado, el jugo que brotaba con los mordiscos se escurría por sus largas barbas y dejaban caer unas cuantas gotas sobre el cartón, las migajas caían y rodaban impulsadas por el viento de la noche, mordisqueando de esto y de aquello fue saciando su apetito, devorando todo a comedidos pero imparables bocados. Después de haber terminado, observaba las yemas de sus dedos, lamiendo con su lengua los restos de salsa adheridos a ellos.

Contento su corazón, inspiraba una profunda cantidad de aire que expandía su tórax hasta el límite para luego de una pausa, exhalar despacio el aire, como reacomodando sus entrañas, saco un sucio pañuelo del bolsillo de su abrigo y sacudió el recipiente donde había servido su cena, algunos migajas se sumaron a las regadas en el sito, tomo luego la bolsa que todavía contenía algunas basuras de cascaras de papas, residuos de vegetales marchitos y residuos malolientes y la coloco a un lado, levanto el cartón, lo sacudió y junto con el recipiente, los doblo y los oculto entre grieta de los dos muros, metiendo el brazo se aseguró de acomodarlos a su alcance, asió la bolsa de plástico con los residuos y la deposito en un bote de basura que estaba a un lado de la plataforma.

Camino despacio hasta un rincón cerca de una salida de aires calientes provenientes de la lavandería allí se sentó sobre el piso, recostando su espalda en el muro, placido y complacido saco un puro de uno de sus bolsillos y lo coloco entre sus labios, con la otra mano, y del otro bolsillo saco un encendedor y dio lumbre al habano barato, la primera bocanada de aquel tabaco la contuvo por unos segundo antes de dejar escapar el humo por su boca, sus ojos miraban fijamente la nada, allí repitió el mismo movimiento hasta terminar el tabaco, ya casi terminando lanzó la cabeza residual del tabaco a una charca, un espeso y abundante escupitajo dio por terminado el rito, ahora aquellos ojos chispeantes dejaban caer sus pesados y pestañudos parpados, el vagabundo fue dejando rodar su cuerpo hasta quedar extendido sobre el suelo en sueño profundo, su cuerpo ahora yacía dormido sobre la rejilla de las cloacas que se encuentra cerca de salida de aires calientes y húmedos provenientes de la lavandería, el vagabundo se acurrucaba en el piso como queriendo mantener todo el calor con la ayuda de su propio cuerpo.

Las cucarachas que también exploraban los botes de basura en busca de su alimento se movían cautelosas entre la oscuridad por los rincones de las viejas edificaciones entre las fisuras de las paredes, siempre celosas de su presencia, ahora la rejilla de acceso sostenía el plácido sueño del vagabundo algunas de las cucarachas que iban saliendo por las rejillas que estaban libres se acercaban a explorar los alrededores de aquel vagabundo, atraídas por el olor de aquellas espesas barbas, promesa de un exquisito banquete, subían por su rostro y se acumulaban alrededor de sus bigotes y barbas, extrayendo los residuos y migajas de comida acumulados en la comisura de sus labios, en la punta de sus bigotes y en la caída de su barba, muchas de ellas recorrían el cuerpo recorriendo las fuentes de aquellos exóticos olores y sabores, por sus manos recorrían una decena de ellas que se peleaban para trepar hasta las puntas de sus dedos que conservaban una abundante cantidad de comida, hurgaban también entre sus uñas, era tanto el derroche y el festín que algunas cucarachas ya satisfechas regresaban a la colonia con el único afán ahora de beber un poco de dulce agua de las aromáticas cloacas.

Cucaracheto un rudo cucaracho se disponía en salir a explorar en busca de su alimento, incómodamente salió por los pequeños espacios restantes de la rejilla, logro salir a un lado del cuerpo del vagabundo, muchas cucarachas regresaban a su alberge después de haber saqueado al vagabundo.

  • ¿Por qué regresan tan pronto?

Pregunto Cucaracheto a uno de los cucarachos.

Con toda tranquilidad y afabilidad contestaban a su pregunta un grupo de cucarachos que marchaban juntos:

  • Bueno ya hemos comido suficiente y ahora tenemos sed, regresamos a tomar algo de agua.

Cucaracheto replico:

  • Pero aún es muy temprano para regresar a la colonia, debemos continuar explorando.

Loa cucarachos haciendo caso omiso a las palabras de Cucaracheto, continuaron su camino hasta los confines de la cloaca.

Cucaracheto anonadado contemplo la gran cantidad de blatodeos que se  agolpaban en conseguir sin mucho esfuerzo una generosa cantidad de alimento.

Casi como enmudeciendo dijo:

  • ¿Pero… qué están haciendo? ¿Qué está pasando aquí?

Cucaracheto en un violento arrebato se atravesó en el camino de uno de los cucarachos, con la ayuda de su enorme cuerpo que excedía el promedio de los cucarachos y que le confería  poder y respeto entre los cucarachos de la colonia lo detuvo, con pose autoritaria entrecruzó sus patas delanteras y preguntó al cucaracho:

  • ¿Qué haces? ¿Por qué regresas tan pronto?

El cucaracho con la parsimonia del que nada debe y nada teme, le contesto:

  • Mi estómago está a rebosar, he tragado mucho, sabes, alcanza para todos, deberías aprovechar el festín.

Cucaracheto enfurecido exclamó:

  • ¡Esto no está bien!

El cucaracho se hizo a un lado y sin comprender a Cucaracheto se alejó de él continuando su camino, mientras continuaba su camino miro dos veces de reojo hacia atrás para observar a Cucaracheto.

Cucaracheto furioso dio media vuelta y se apresuró a adentrarse en la colonia, con paso veloz arremetiendo contra todos los que encontraba a su paso, iba empujando a lado y lado a todos los que atravesaron su camino, mientras corría un cucaracho joven, de cuerpo pequeño y color claro empezó a corres detrás de él, aquel cucaracho era Cucarachín, mientras corría detrás de Cucaracheto gritaba;

  • ¿Qué ha pasado Cucaracheto? ¿Por qué tanta prisa?

Cucarachín que siempre soñaba con ser tan grande como Cucaracheto lo admiraba al punto de mitificarlo, imitando el comportamiento y la altivez de Cucaracheto, con la esperanza de algún día llegar a ser como él.

Cucaracheto sin detener su paso respondió;

  • Tenemos que ir donde Cucarachón, esto está mal, esto amenaza la colonia.

Cucarachín se unió al veloz paso de Cucaracheto, mientras  Cucaracheto continuaba empujando a quien encontraba en su paso, Cucarachín sorteaba no tropezar con quienes quedaban atravesados en el camino, apresurados llegaron al centro de la colonia.

Cucaracheto entro a una pequeña cueva de la colonia, Cucarachín con la respiración agitada por el apresurado paso de Cucaracheto trataba de conservar el ritmo y el paso, así mantuvieron su paso hasta llegar a los aposentos de Cucarachón, Cucarachón era el mas viejo, el más grande y el más fuertes de los cucarachos, todos en la colonia lo respetaban y este era el puesto al que Cucaracheto sentía que estaba llamado a continuar. Cucarachón estaba rodeado de algunos cucarachos, en una especie de reunión crepuscular, cuando de repente, Cucaracheto irrumpió bruscamente gritando:

  • ¡Cucarachón…! ¡Cucarachón!

Exaltado, con gesto irritado y estentórea voz que retumbo  la maleable consistencia de la colonia, Cucarachón contesto:

  • ¿Qué ha pasado?

Cucaracheto extasiado por un coctel de primitivos impulsos y emociones, alegaba a todos los presentes en el recinto:

  • ¡Tenemos que planear el ataque, nos amenazan, toda la colonia está en peligro! Decía Cucaracheto.

 

  • Explícate mejor… espeto Cucarachón.

Cucaracheto después de haber recobrado un poco la calma y el aire dentro de traques, inicio su intervención con estas palabras:

  • Es aquel vagabundo, ha regresado esta noche y a cubierto gran parte de nuestra salida, apoderándose de nuestro principal fuente de calor. Ahora nadie se esfuerza en conseguir comida, prefieren alimentarse de su inmundicia, de los residuos de su boca, de sus manos y migajas de las porquerías que ha comido esta noche que ha dejado esparcidas en todo el suelo, pronto consumirá y contaminara todas nuestras fuentes de alimento, ahora amenaza con bloquear nuestra entrada de aire, para contagiarnos con sus enfermedades, poniendo en riesgo la continua existencia de la colonia.

Todos los cucarachos quedaron estupefactos al oír las palabras de Cucaracheto, sintieron un miedo que le congeló hasta el apéndice, clamaron entonces todos en un solo grito:

  • ¡Destruyamos al enemigo!

Cucarachón con aire de pensamiento profundo empezó a acariciar con las patas delanteras sus largas antenas, los cucarachos allí reunidos, todos silenciosos esperaban con angustia las palabras de Cucarachón, mientras que Cucarachín se resguardaba con sigilo a la retaguardia de Cucaracheto quien sostenía la mirada fija sobre Cucarachón.

Después de algunos meditabundos instantes Cucarachón dijo:

  • Tenemos que defendernos… dijo con una delgada voz, como aquel que habla para sí mismo, inaudible al público o al escenario.

Todos los cucarachos presentes se miraron unos a otros en espera de alguna intervención, pero ninguno dijo nada. Cucarachón miro hacia los presentes pero ahora ninguno lo miraba, levanto sus patas delanteras y elevando sus antenas grito;

  • ¡Vamos a defendernos y a defender la colonia!

La decena de cucarachos presentes estallaron cual multitud enardecida, vitoreando la decisión de Cucarachón.

  • Si… si… vamos… si… respondían ahora los cucarachos enardecidos.

Salieron Cucarachón, Cucaracheto, Cucarachín, seguidos por una decena de cucarachos que celebraban su fatal convicción, toda la colonia los observaba marchar con aquella devoción del que lucha por una causa superior, las ninfas los observaban con incertidumbre desde las orillas de la colonia, algunos huevos iban eclosionando dando paso a la salida de diminutas cucarachas emblanquecidas que parecían crecer a la velocidad del tiempo. La turba de enardecida de cucarachos continuaba su avance en pie de guerra contra la presencia de aquel mísero vagabundo, Cucaracheto abucheaba contra el vagabundo toda clase de calumnias:

  • ¡Aniquilación al vil invasor!

Cucarachín viciado por la furia de aquella masa de cucarachos que se agolpaban unos a otros levantados en alaridos de odio, mientras levantaban su pata delantera en pose de lucha gritaban respondiendo a los gritos de Cucaracheto:

  • Acabemos con el intruso invasor…

Cucarachín corría al lado de Cucaracheto, animado por el ímpetu de Cucaracheto, mientras que Cucarachón, sintiéndose como un niño con juguete nuevo, envestido de algún poder alimentado por aquel sentimiento de grandeza entre los cucarachos de la colonia, durante su avance a la salida de la colonia iban convocando nuevos partisanos a su justa causa, incitaban a todos a unirse en grito de guerra, los cucarachos embriagados por el eufórico sofoco de aquella masa viviente se  iban sumando, ya eran un centenar de cucarachas que formaban el batallón para acabar con aquel pobre diablo que ahora se había convertido en la amenaza de la prospera colonia.

Cucarachón a la cabeza de aquella amorfa y convulsa masa que se agolpaba en un solo ser, salió al frente y dio inicio a un desproporcionado discurso de la noble causa que defendían del tirano que amenazaba en acabar con las riquezas y prosperidad de toda la colonia, la masa de cucarachos vibraba en una misma frecuencia, ya no importaba el motivo y la causa de la guerra, ahora solo existía la guerra y acabar con el enemigo.

Cucarachón haciéndose al frente y mientras con sus patas delanteras acariciaba sus antenas, sentíase lleno de un poder inmensurable, y dirigiéndose a su batallón daba inicio a su discurso de guerra con estas palabras:

  • Hoy una ha surgido una amenaza para la colonia y nosotros que hemos sido los primeros y que seremos los últimos pobladores de esta tierra tenemos la obligación de defender nuestra existencia y continuidad justo como hasta estos días lo hemos sido y no permitiremos que nada nos quite lo que siempre ha sido nuestro, vamos a luchar y vamos a ganar, ahora vamos todos a la carga.

Cucaracheto trazaba un sonrisa jadeante como de aquel que ahora saborea la satisfacción de haber conquistado el anhelo su corazón, Cucarachín todavía enviciado por aquel coctel de gran animadversión, sentíase extasiado y corría rodeando a Cucaracheto ovacionado el discurso de Cucarachón y adulando a Cucaracheto por haber iniciado la guerra contra el malvado invasor, no paraba de moverse de un lado a otro y levantado los puños de sus patas delanteras, exclamaba:

  • Ahora si vamos a ser los más respetados en toda la colonia, tendremos todo lo que queramos, seremos los reyes de la colonia…

Cucaracheto lo observaba en su falsa complicidad, mientras conservaba su jadeante sonrisa.

  • Ha llegado el momento de tomar lo que me pertenece, dijo a media voz.

Ahora la masa viviente de cucarachos avanzaba hacia las fisuras de salida de la rejilla donde dormía el vagabundo, agolpándose las unas con las otras iban saliendo por los orificios de la rejilla como caudal de aguas negras que se rebosa, la masa viviente de cucarachos invadieron la humanidad del vagabundo, una buena parte de ellas subieron por su cuerpo reconociendo el terreno de la batalla, el vagabundo que yacía en sueño profundo sobre la rejilla de la cloaca no daba el menor indicio de moción, otro grupo recorrían sus manos, moviéndose  rápidamente y en un completo caos, de un lado hacia al otro como aquellos que no saben en dónde están, para donde van o que van a hacer, otro grupo empezó a recorrer por los alrededores del lugar, el último grupo que salió está acompañado de Cucarachón Cucaracheto y Cucarachín, estos se lanzaron en ataque directo a la cara del vagabundo, recorrían sus cabellos, algunos se enredaban en la espesura de sus cabellos y sus barbas, Cucarachón gritaba con gran fiereza:

  • ¡Ataquen… ataquen con todo…!

Los mansos cucarachos atacaban con toda fiereza las barbas del vagabundo, los que aseguraban el perímetro también se aseguraban de recoger parte de las migajas de comida que había dejado el vagabundo caer al suelo. Comiendo de las migajas encontradas en el campo de batalla iban hartando el buche con tanta comida que pronto la pereza invadió el ánimo y con sigilos algunos cucarachos fueron desertando de la campaña con cierto letargo por la somnolencia postprandial.

El contingente que atacaba las manos se aseguraba cuidadosamente de no dejar pizca del delicioso mugre entre las uñas de los dedos del vagabundo, estos ofrecían un delicioso manjar de mermelada de frutas, piel muerta, caspa y todo tipo de residuos, mientras escarbaban entre sus uñas y por un instante el vagabundo movió una de sus manos y todos los cucarachos corrieron alejándose de los dedos de la mano, uno de los cucarachos grito:

  • El enemigo se muestra cobarde a nuestro incesante ataque, corre ve, informa a cucarachón.

El cucaracho que recibió la orden salió en carrera hacia la cabeza del vagabundo donde se encontraban Cucarachón Cucaracheto y Cucarachín, recorrió sobre las roídas vestimentas del vagabundo hasta llegar al pecho, allí entrego el informe recibido a cucarachón.

  • Señor informando desde el frente de las manos, el enemigo se muestra vulnerable al incesante ataque, la victoria está asegurada.

Cucarachón se mostró tan complacido de escuchar aquellas noticias, que en ese instante el mismo se abalanzo sobre las barbas del enemigo y empezó a mordisquearlas con toda la fuerza de su palpo maxilar, Cucaracheto y Cucarachín miraban estupefactos la heroica escena, los cucarachos del frente se agitaba gastando sus fuerzas y sus energías en el absurdo ataque que no infringía el mínimo daño al vagabundo, Cucaracheto y Cucarachín se miraron atónitos, comprometidos ahora por el heroísmo de su comandante y en grito de guerra se abalanzaron también al ataque de las largas y sucias barbas.

Los cucarachos que atacaban los revueltos y malolientes cabellos del vagabundo concentraban su ataque en devorar la espesa caspa del vagabundo, se amontonaban los unos, al lado de los otros, apresurados por el abundante maná que brotaba del cuero cabelludo, por su parte el frente que atacaba el bigote y la comisura de sus labios disfrutaba de los deliciosos  restos de dulces de salsa de mora, mayonesa y pizcas de queso, de repente el labio superior del vagabundo se mueve en acto reflejo, los cucarachos espantados de alejaron, algunos abandonaron sus posiciones y ya con el buche lleno de dulce se alejaban de la batalla para regresar a sus cloacas, uno de ellos exclamó:

  • Lo estamos logrando, continuemos así… pronto venceremos…

Algunos ya somnolientos después de la ingesta nocturna de sus alimentos notaban una irreal guerra y un enemigo ficticio, quizás ya con el buche lleno y el corazón contento, sentíase de vuelta a la realidad y sin anunciarlo se iban retirando del frente de batalla.

Ya quedaban pocos cucarachos en pie de lucha, de los que estaban alrededor del vagabundo uno de ellos se acercó hacia cucarachón y dijo;

  • Yo creo que ya hemos vencido, a fin de cuentas ya todos han comido y están regresando a sus hogares, pronto amanecerá.

Cucarachón en un fiero grito contesto;

  • Cobardes… se retiran de la batalla cuando ya casi tenemos asegurada la victoria… insolente…

Cucaracheto y Cucarachín invadidos por la duda y la inseguridad, con el miedo de contradecir ahora las palabras de Cucarachón, llenos de angustia solo les restaba continuar con esta situación que ellos mismo habían propiciado, Cucarachón continuaba dando órdenes. A lo lejos la cantidad de cucarachos que restaban había disminuido, ahora solo restaban la misma decena de cucarachos enardecidos que habían incitado a la colonia en atacar aquel vagabundo.

Cucarachón continuaba gritando impartiendo órdenes a las exiguas tropas, El vagabundo hacia unos ligeros movimientos como quien saliendo de su estado de profundo sueño, con cada movimiento los cucarachos corrían alejándose del cuerpo del vagabundo, para nuevamente iniciar su ataque de picar los dedos y halar los pelos de sus barbas.

Ya estaba amaneciendo y un búho que regresaba a su nido se apostaba en lo alto de un muros de uno de los edificios del callejón, el vagabundo continuaba girando su cuerpo sobre la rejilla y el suelo que representaban su lecho, ahora el cielo empezaba a cambiar el color azul profundo y oscuro de la noche por un azul ligero que anunciaba el fin de una noche y el pronto inicio de un nuevo día, el sonido de un camión recolector de basura que iba retrocediendo llegaba para colectar el ultimo bote de basura en su recorrido habitual, el pitido del camión que avanza en reversa recorría llenando con sus vibraciones todo el callejón.

Cucarachón anunciaba a sus cucarachos la cercana victoria, aún con fuerzas y energías de sobra:

  • Sigamos atacando…. gritaba con potente vehemencia a sus súbditos

Los cucarachos respondían a las órdenes de cucarachón con una especie de devoción que rasgaba la veneración.

Cucarachín excitado hablaba a Cucaracheto:

  • Ganamos Cucaracheto ganamos… nunca dude de ti, ahora seremos los héroes de la colonia.

Cucaracheto ahora envuelto en un halo de supremacía, se unió con toda la fiereza al ataque definitivo contra el enemigo.

El búho que desde lo alto contemplaba el final de la noche, reposaba su cuerpo mientras con majestuosidad y ayuda de su pico limpiaba y organizaba sus plumas.

Los empleados colectores de basura enganchaban el ultimo bote al camión colector, el retumbar del camión recolectando la basura aumentaban los ruidos y el retumbar en el callejón.

El vagabundo giro ligeramente su cuerpo y levantado la mirada miró hacia el camión de basura, levantando su mano se apresuró a limpiar sus legañosos ojos.

Los cucarachos corrían sobre las ropas del vagabundo como buscando un lugar seguro ante el inminente colapso del coloso.

El vagabundo recorrió su cuerpo con su mirada, todavía incapaz de enfocar su mirada se levantó despacio de la rejilla y con sus manos empezó a sacudir las manchas negras que le recorrían la braga.

Los cucarachos salían al galope y se lazaban desde lo alto del cuerpo del vagabundo.

Cucarachón y Cucaracheto desplegaron sus alas y aterrizaron en el suelo, Cucarachín bajó a todo galopar recorriendo las vestiduras del vagabundo hasta alcanzar el suelo y se unió a sus supremos comandantes.

El camión de basura se iba alejando y también el vagabundo, quien como atendiendo a un despertador matutino daba inicio a sus responsabilidades cotidianas, quizás ya era el momento de ganar el dinero del tabaco.

Los últimos cucarachos ahora en compañía de Cucaracheto, Cucarachón y Cucarachín celebraban la victoria.

La noche había sido generosa pero un último bocadillo antes de dormir para cerrar la abundancia de la noche, desplegando sus alas y en rampante picada el búho atrapo con sus garras al enorme Cucarachón, solo la fuerte y veloz corriente de aire pudo dar testimonio a los cucarachos que estaban presentes, ahora aquel búho posado en lo alto de los muros se deleitaba con un jugoso bocadillo para terminar la noche.

Cucarachón mirando atónito a Cucarachín y al resto de los cucarachos, dijo:

  • Es mejor que vayamos a dormir, pronto amanecerá.

Dicho esto se apresuró en adentrarse entre la rejilla a las profundidades de las cloacas.

 

FIN