Reina Mariamulata

María-Mulata

El viaje fue tedioso y extenuante, recuerdo el desespero por terminar con aquella tortuosa espera donde el tiempo parecía no pasar, mi hermano menor manejaba mejor la situación, cuando despertaba y después de ligeros sollozos mamá le brindaba su tetero y este volvía redondito a caer en su sueño, remedio eficaz para aplacar el hambre y el fastidio de mi hermano. Pueblos y caseríos iban quedaban atrás en el camino donde algunos pasajeros bajaban y otros subían alargando la espera y mis penurias, ¿cuando llegaremos? era  la pregunta que revoloteaba en mi cabeza, pero carecía del valor de preguntárselo a mi madre,  el tiempo continuaba y así mi martirio, vencido por la ansiedad de estar encerrado en aquel recinto de hojalata, pregunté a mi madre;

  • Mamá, ¿cuánto falta para llegar?
  • Ya falta poco.

Respondía ella con aire desesperanzador.

Al fin, llegamos a la ciudad de Cartagena de Indias, atrás iba quedando la ansiedad del largo viaje, cuando por la ventanilla del autobús miraba las calles de la ciudad, llegamos a  la estación, bajamos del bus y mamá con mi hermano cargado y con el bolso cruzado recibió la maleta café, mientras ella caminaba yo la seguía muy de cerca tratando de evitarle otra preocupación, la tarde era caliente como vapor, el sol apuntaba desde el horizonte, en un amarillo brillante y desafiante, la brisa era fuerte y traía consigo un sabor y olor a sal, observaba hipnotizado el alboroto y revolotear de la gente, aquí las personas se movían más rápido, agitaban sus brazos con gestos que transmitían emociones en las que estaban cifrados mensajes de un singular lenguaje de subjetivos manifiestos, era todo un completo ajetreo, las calles atestadas de buses, automóviles, carretas, carretillas y animales, las escasas y ligeras vestimentas de sus habitantes dejaban entrever una total sencillez, y aun en la austera apariencia era evidente el colorido y la riqueza cultural de la ciudad y sus habitantes, flotaba en el ambiente una contagiosa calidez que emanaba desde los rayos del sol, invadiendo cada persona y ésta se transmitía a todos en efusivas reacciones, tomamos un taxi y mamá sin ayuda del conductor colocó la maleta sobra la silla trasera y subimos en dirección a casa de mi abuela.

La casa de mi abuela era una casa pequeña, en un incipiente barrio, donde todas las casa estaban a medio terminar, todavía se podía sentir el ambiente silvestre, el aire limpio y el olor a tierra, las calles eran unos senderos improvisados de arcilla, arena, piedras y lodo, solo un camino que convergía con otros caminos de iguales inicios, recorridos y finales, concebidos únicamente por la necesidad del espacio  para transitar, calles y caminos que iban moldeando la forma a el escueto urbanismo de la otra ciudad, donde las familias y las casas se iban sumando a lo que sería un barrio de la comunidad.

Eran nuestros primeros días en casa de mi abuela, mamá habiendo desempacado la maleta entrego mis pertenencias, un camión y unas canicas que eran mis juguetes, ese día tomé mi camioncito  me acerque a la entrada de un estrecho callejón, que separaba nuestra casa y la de nuestro vecino, la tierra era negra, fría y con un penetrante dulce olor, atravesado a lo largo por una corriente de agua que desembocaba en la calle, mis pies estaban descalzos, limpios como piel nívea que contrastaba con el color negro de aquella suave pero fría tierra, había un pequeño saliente en base de la casa, justo allí donde se iniciaba el levante de los muros, sobre ese pequeño borde que era mi carretera, iba conduciendo mi camioncito de metal, mientras en el viaje me adentraba al interior del callejón, la tierra se iba haciendo más fría, más húmeda y de un olor cada vez más penetrante y a cada paso las huellas de mis pies quedaban impresas en la tierra, miraba y detallaba las huellas que iba dejando, el camino se tornaba difícil y el avance del camión se hacía lento, mis huellas se iban profundizando, la sensación de frío se intensificaba en cada nueva pisadas, el viaje empezó a oscurecerse, la humedad de la tierra era tan alta que el agua se escocia entre los dedos de mis pies, mi instinto me decía que no podía seguir avanzando, cuando en ese último paso mi pie trajo pegado algo de lodo fangoso, la huella que había dejado se distorsionaba cuando al levantar mi pie el agua se resumía en la superficie quedando depositada como pequeños agujeros encharcados, mire hasta el fondo del callejón y pude notar que el camino era complicado, descubrí también que el agua y el lodazal que enfangaban mis pies provenía de la parte trasera de los baños de nuestra casa y de nuestro vecino, con cautela empecé a retroceder en mi pequeño camión de hojalata, me retiraba en reversa tratando de no remover mucho aquel fango que se adhería a la planta de mis pies, la humedad del lodo entre mis dedos se hacía molesta, y empezaba a generarme ansiedad, despacio en cada paso hacia atrás, así hasta que pude salir a la luz, donde la tierra se hacía firme y el aire se aliviaba un poco de ese penetrante olor, cuando logre llegar al inicio del callejón, levante mis pies haciendo un reconocimiento del lodo que venía adherido a ellos, realice una limpieza de ellos sacudiendolos contra el piso, tome mi camión, habia dado por terminado el viaje y así mismo también determine que esa era una ruta que no volvería a recorrer, sacudí nuevamente mis pies contra el suelo para retirar el lodo restante y corrí a entrar a la casa.

Ahora ya habian pasado algunas semanas y mi abuela había decidido mudarse a una nueva casa, no era otro barrio, no era  otro estrato, solo era otra casa a unas cuadras de distancia, cuando la vi por primera vez, sentí que era enorme, al menos para mí, las paredes estaban pintadas con cal de color blanco, manchadas con el gris del cemento carcomido, en la parte inferior se combinaba con las líneas blancas que iba dejando el salitre que había ascendido con la humedad desde la parte baja de las paredes, en conjunto formaban el papel tapiz que decoraba las paredes de la casa, el techo estaba alto y con la profundidad de la casa daban un toque de perenne oscuridad y humedad de un aire viciado de polvo, arena y salitre.

Fui corriendo hasta el patio para hacer un reconocimiento a mis nuevos territorios, pero al llegar al final de la puerta me encontré ante un abismo, un abismo al cual solo se podía acceder bajando una alta escalera hecha de rocas, ladrillos y cemento que llegaban hasta la orilla de un pantano con infinidad de plantas que flotaban en la superficie del agua y que le conferían un color verde vivo, la orilla del pantano era de consistencia blanda, fangosa y de color negro, la superficie era tan grande que todos los vecinos de la cuadra compartíamos los territorios del terrorífico pantano en los patios traseros de nuestras casas, era todo un mundo por explorar, atardecía y empezaban a llegar las garzas, que aterrizaban en la orillas del pantano y mientras caminaban sus patas se enterraban en el negro fango, dibujando las huellas sobre la orilla como líneas de sus itinerarios, deteniéndose por momentos para incrustar sus picos en la superficie de aquel lodazal, acto seguido, sacaban sus picos del lodo y levantando la cabeza y elevando la punta del pico dejaban caer lo que sea que sacaban de allí hasta su garganta, para engullir lo que sería su alimento, mantenían por un instante la cabeza levantada con el largo cuello estirado antes de continuar el recorrido de su vespertino banquete, las libélulas revoloteaban de un lado al otro salpicando las superficie del agua o reposando en las puntas de algunas plantas que emergen hasta la superficie, el croar de las ranas se iba intensificando y ambientando el paisaje, llegaban también los pericos y cotorros con su característico bullicio, como si celebrando el final del día, contando sus aventuras en su escandaloso cotorrear, también llegaban las  mariamulatas en bandadas, típico de ellas, osadas atrevidas y pedigüeñas, con su agudo y potente canto anuncian su llegada, como queriendo ahogar la voz de todos los presentes, siempre tan alegres, intrépidas e inteligentes, manifestando que la reina ha llegado.