La vigilia de Pedro Páramo en el centenario de su autor

Una aproximación a la gran novela de Juan Rulfo, obra cumbre de la literatura contemporánea.

“Vine a Comala porque me dijeron que acá vivía mi padre, un tal Pedro Páramo. Mi madre me lo dijo. Y yo le prometí que vendría a verlo en cuanto ella muriera”.

Así de natural, de sencillo, como el río que fluye en un atardecer diáfano, como las piedras echadas a un lado del camino y la arena corriendo en un desierto invisible, comienza una de las novelas más bellas y enigmáticas de la literatura universal contemporánea: Pedro Páramo. Y el motor de dicha desmesura es Juan Preciado, el hijo de Dolores y Pedro, que tras las huellas de su padre ingresa en el mundo de Comala, un mundo de incesantes murmullos. De voces que están en el viento, habitando las sombras: “¿Cuánto hace que están ustedes aquí?”, pregunta Juan, y le responden: “Desde siempre. Aquí nacimos”. Juan es el Hermes de Rulfo y el médium literario.

En esas ciento treinta páginas, mal contadas, hallamos un relato donde la aventura narrativa subvierte los sentidos. No es una novela fácil; su estructura es atípica, por las voces de los personajes que surgen de las sombras o de las grietas nocturnas en tiempos distintos, formando un presente perpetuo, pero que gracias a la maestría y riesgo de Juan Rulfo llenan con enorme placidez los agujeros negros de la historia.

Alquimista, astrónomo de la palabra, Rulfo conduce como los dioses un tramado donde al ‘parecer’ ya todos están muertos y son ellos, los ausentes, los que arman el mapa de ese pueblo fantasmal. Las voces de los muertos nos van metiendo en un México árido y fabuloso. Ese México rural que en palabras de Rulfo se oye tan terrenal y misterioso: “Solo quedaba la luz de la noche, el siseo de la lluvia como un murmullo de grillos…”, o el tiempo que aquí es un fantasma gracioso, travieso, llenando los espacios: “El reloj de la iglesia dio las horas, una tras otra, una tras otra, como si se hubiera encogido el tiempo”. Si Dante caminó el infierno, sus hoyos y precipicios de fuego, Rulfo nos dibuja el purgatorio a través de esas ánimas que divagan sin pena y con mucha picaresca entre los escombros de la vida. Almas que permanecen en el extravío y la somnolencia. Siguen prisioneras en una dimensión entre lo que fue y lo que está siendo. Pero que también cuentan una historia, la historia de un México profundo.

Rulfo, prodigioso, después de cada imagen nos invita al silencio, un silencio inmemorial que rasga el alma, y allí la belleza literaria es una mera contemplación que deleita la atención del lector. Recuerdo que el escritor Óscar Collazos me contó que tuvo el privilegio de asistir a una velada en Madrid, donde estaban reunidos Onetti y Rulfo; solamente corrió el vino, y el silencio del mexicano y el uruguayo fueron un coro elocuente que adornó esa noche remota. Otra manera de decir que las obras hablan y callan por sí solas.

Y el lenguaje, ese crisol mutable, es de una poesía contundente, elemental, arcillosa, que se infiltra en las venas y se desliza acuática hasta el corazón del lector, palabra que vive en el autor y en el que lo lee: sutil, crujiente, poderosa voz humana. Eros y Tanatos, dulce mezcla que vivifica lo pasajero, lo efímero, que somos: “… ella escondía sus pies entre las piernas de él. Sus pies helados como piedras frías y que allí se calentaban como en un horno donde se dora el pan”, materia que se junta con los cuerpos, “… dormía acurrucada, metiéndose dentro de él, perdida en la nada al sentir que se quebraba su carne, que se abría como un surco abierto por un clavo doloroso, luego tibio, luego dulce, dando golpes duros contra su carne blanda; sumiéndose, sumiéndose más, hasta el gemido. Pero que le había dolido más su muerte”.

La naturaleza es una protagonista que zumba en las páginas como un rebaño de abejas silenciosas, ¡ay! las palabras, que dan rudimento y color al paisaje, como la lluvia esa “marea de las nubes, cómo se echaban sobre la tierra y la descomponían cambiándole los colores… Hacía tantos años que no alzaba la cara, que me olvidé del cielo… El cielo está tan alto, y mis ojos tan sin mirada, que vivía contenta con saber dónde quedaba la tierra”.

En Rulfo la poesía es el verdadero motor de la narrativa, una amalgama natural que une lo contado, la imagen y la reflexión misma, y eso hace de Pedro Páramo una obra única, transversal, irrepetible en su género donde el hermetismo y la sabiduría primigenia a veces nos recuerdan pasajes y refranes del Quijote: “Hay pueblos que saben a desdicha. Se les conoce con sorber un poco de su aire viejo y entumido, pobre y flaco como todo lo viejo”. Lo sencillo llevado a las alturas del pensamiento y la ficción. La vida igual a un río corriendo transparente sobre los filos ásperos de las piedras, surcando aguas briosas y pasmas: “El color gris de un cielo hecho de ceniza, triste…”. Y los indios esperan leyendo la naturaleza, presagian que es un mal día, y tiemblan no de frío sino de temor: “Y miran la lluvia desmenuzada y al cielo que no suelta sus nubes”. Comala es el territorio de la espera, de la memoria de lo que pasó y está pasando.

Una metafísica esencial, nada premeditada, que surge de la lluvia, del contacto del hombre con la naturaleza, no la experiencia del filósofo, la práctica cotidiana del dolor de la vida y sus limitaciones que conducen a una imaginación insospechada, sabia, por ejemplo, cuando se le pregunta a una de las apariciones: “¿Y tu alma? ¿Dónde crees que haya ido?”.

–Aquí se acaba el camino– respondió–. Ya no me quedan fuerzas para más. Y abrí la boca para que se fuera. Y se fue. Sentí cuando cayó en mis manos el hilito de sangre con que estaba amarrada a mi corazón.

¿Y tu alma? ¿Dónde crees que haya ido?

Un año después de la aparición de la novela (1956), Carlos Fuentes la celebra y recuerda que el naturalismo de obras como ‘Los de abajo’ de Mariano Azuela y ‘El águila y la serpiente’ de Martín Luis Guzmán, son otro asunto; es consciente de que Rulfo no copió la realidad, sino acudió a la imaginación para captar “la naturaleza interna de México”: es el salto del gran testimonio a una obra de inmensa factura artística, donde se subvierte la mirada histórica por una ficción que va más allá al lograr “una alteración del tiempo que no es fortuita: ella obedece a la acumulación desordenada de la memoria mexicana, al sentido de las supervivencias, de las pugnas jamás canceladas, de las sangres derrotadas y victoriosas que se agitan en el ser de México”. Y a una revolución en el lenguaje –agrega Fuentes– porque es la primera vez en la novela mexicana, en “que el pueblo piensa y siente”, y ya no es la reproducción escueta de “lo que el pueblo habla”; es decir, que el inconsciente popular está mimetizado por la intuición poética. Si en ‘El laberinto de la soledad’, Octavio Paz logró en un filudo ensayo penetrar en las entrañas del ser mexicano, Rulfo conquistó este espacio en una novela que se yergue inmemorial.

El escritor y profesor Fabio Jurado Valencia recuerda que el poeta Alí Chumacero elogió los fragmentos que leyó Rulfo de Pedro Páramo antes de su publicación. Pero luego de su aparición da un vuelco a sus apreciaciones y escribe una nota crítica sobre la novela. “Pedro Páramo iniciaba su vida crítica, la que hoy todavía continúa”, acota Jurado. Chumacero señala que “en el esquema está contenida la falla principal… Intenta ser una obra fantástica, pero la fantasía empieza donde lo real aún no termina”. Chumacero hubiera hecho otra cosa, pero Rulfo lo hizo a su manera, dice en su defensa Jurado. Pedro Páramo es, para Chumacero, “la novela de un principiante, de la cual solo se puede rescatar el ‘valor aislado’ de cada una de las escenas”, ignorando la esencia fragmentaria de la novela, que forma un todo y es la intención subterránea de Rulfo. “El crítico espera una novela que se ajuste a la estructura canónica del género: con una ordenada composición, con núcleo y pasaje central”, afirma Jurado. Y se pregunta: “¿Qué tanto influyó esta nota crítica para que Rulfo desistiera de entregar una nueva novela y que destruyera algunos borradores? Para bien o para mal, no lo sabemos”.

Y quién era el mentado Pedro Páramo, un hombre que fue creciendo como mala yerba, “de cosa baja que era, se alzó a mayor”, terrateniente, mujeriego sin escrúpulo, fantasma temido que llena las páginas con su vida, que es también las voces del pueblo que divagan inquietas relatando lo incontable, que aquí funge como memoria recobrada. Ese patrón de parroquia que se confunde con el político, promesero, a muchos les juró dejarles sus bienes y con esa esperanza solo los recompensó la muerte.

Esa figura todavía predomina en Latinoamérica y es la del gamonal, aquel que ejerce el poder en los pueblos, y su nombre no termina de escribirse: violencia, pero acá es la opresión sicológica que el tal Pedro Páramo imprime a su alrededor, incluyendo a la Iglesia católica, encarnada por el padre Rentería, bonachón como todo angelote parroquial, que le acepta sus desafueros por interés y miedo… Se revolcaba en la cama porque no podía dormir, el remordimiento lo punzaba porque los poderosos lo sostenían, y “de los pobres no consigo nada; las oraciones no llenan el estómago”. En el largo sueño de la vida y la muerte que es la novela, sentía que había traicionado a los que le dieron su fe y lo buscaban “para que intercediera por ellos para con Dios”.

La culpa redimida, duplicada, la culpa desde su púlpito íntimo. Y esto se evidencia en la muerte de Miguel Páramo, quien siguió el legado cruel de su padre, y cuyo caballo iba solo a un lado y otro en la noche rulfiana, y a quien en principio el padrecito Rentería se niega a darle cristiana sepultura pero llega el patrón a torcer el destino…

Y al final, todo se evapora o, mejor, se incorpora mágicamente a la memoria literaria: Pedro Páramo dio “un golpe seco contra la tierra y se fue desmoronando como si fuera un montón de piedras”. Y nosotros nos sumergimos en un alud de palabras que todavía nos sorprenden para la eternidad.

ALFONSO CARVAJAL

Especial para EL TIEMPO

Ekuneil

serpiente

El día había sido duro como siempre, la tarde gris y fría, morían los últimos rayos del sol, ahora sentía John que revivía, su palpitante corazón llenaba de sangre y calor y color su antes pálido rostro, caminaba con un paso firme y constante, sin disminuir ni detener su andar, levantando su mano derecha sobre su cabeza  colgó su bandolera de cuero, cruzando el asa plana sobre su cuerpo, las calles estaban húmedas y escurrían el agua remanente de una lluvia torrencial, las atestadas calles de un pesado, lento y absurdo tráfico, los andenes atestados de personas que se movían en dos direcciones, el muelle de abordaje al autobús formaba un cúmulo de gente, con la paciente calma del resignado, masa viviente que lucía inerte, John miraba el ausente vacío, interpretaba silencioso sus pensamientos, recreaba en su mente la llegada a casa, el aroma y la calidez y el color de su hogar, su hija estaría realizando las tareas de la escuela, cuando llegue tendrá que revisarlas, su esposa estaría sentada frente a su hija, vestida con un hermoso vestido de flores, prepararía la mesa y serviría a su exhausto esposo una deliciosa, cena recién reparada, el olor de la comida llenaría de vida su mancillado corazón del día, se sonrojaban sus mejillas y un ligera sonrisa delineaba el contorno de su rostro, el autobús hizo la parada y miro el letrero luminoso que informaba la ruta, estación manantiales, ruta 101, atravesaban las letras luminosas el tablero frontal del autobús, las personas amontonadas pero con calma subían al autobús, algunos puestos estaban desocupados, pero John prefería mantenerse de pie, muchas de las personas sentadas miraban las pantallas de sus teléfonos celulares y los que iban de pies, también, pero John concentraba ahora más su atención en su llegada a casa. El recorrido fue imperceptible, la mente ocupada hace del paso del tiempo un placer, pronto el mismo montón de personas bajaban en la estación manantial, con la misma calma apresurada un desasosiego disfrazado, una mujer se apresuraba en cruzar miraba en la dirección de llegada, no vio el autobús expreso, el viento golpeo el rostro de la mujer que palideció, dio un paso atrás, intentaba recuperar el aire y la respiración, un hombre en la otra acera, justo enfrente, miró con  irritación a la apresurada mujer, el semáforo del peatón cambio a verde y la masa viviente que atravesaban la calle en ambas direcciones se entrelazaba en un orden caótico que definía la posición de cada individuo.

John inicio el recorrido del camino a casa, el mismo camino que había recorrido ya muchas veces, un constante flujo de tenues e imperceptibles cambios habían transformado el recorrido de John, el trayecto era mismo, pero su recorrido ya no lo era, un hombre apenas viejo se acercaba a las pidiendo limosna, era un hombre pequeño, de piel sucia y agresiva apariencia, era viejo o era el reflejo de una sórdida existencia, John ignoró su presencia y continuo con paso determinado, un grupo de jóvenes hablaban y conversaban con el ímpetu y el vigor de la juventud, con un tácita actitud de propiedad y derecho sobre el espacio, algunos transeúnte se desviaban ligeramente del grupo, John atravesó en línea recta sin mirar a nadie, para él no existían las concesiones, el que parecía ser el líder, miró a John que los ignoró, la noche era la dueña del tiempo y la oscuridad su ley, ya estaba cerca de casa, la niebla y el frio de la lluvia ambientaban el final del trayecto, las fuertes lluvias arrastran con sus corrientes lo que encuentra a su paso, cosas insólitas podrían ocurrir, una serpiente enroscada levantaba la cabeza, John ahora detuvo su andar, su hogar estaba cerca, justo detrás de la amenazadora serpiente que enseñaba sus filosos colmillos y sacando su lengua saboreaba el húmedo sabor de la noche, John de pie y sin moverse, bajo su mirada revisando el entorno, cada problema trae su solución y contigo esta su conclusión, a su lado derecho había un palo de rama seca, lentamente John se agacho y con su mano derecha agarro el palo por un extremo, se levantó y lo empuño fuerte con su mano, el ataque seria directo, su ataque será un tercio de su cuerpo es posible que más, hombre y serpiente arremetían contra sí, el golpe debe ser fuerte, conciso y preciso, directo a la cabeza, ataco girando su brazo, el extremo del palo alcanzaba una velocidad que silbaba cortando el frio, húmedo y pesado aire, la serpiente elevaba su cabeza y sus ponzoñosos colmillos destellaban, la colisión era inminente, velocidad, tiempo y espacio eran los precisos, la victoria estaba asegurada, la conmoción era intensa y la parasomnia había sido vencida, John abrió sus ojos con agitada respiración, miro a su alrededor,  su esposa dormía a su lado y su hija se había pasado a su cama quedándose dormida entre ellos.

 

Juan Fernandez

“Carpe Diem”

Aprovecha el día.

No dejes que termine sin haber crecido un poco, sin haber sido feliz, sin haber alimentado tus sueños.

No te dejes vencer por el desaliento. No permitas que nadie te quite el derecho de expresarte, que es casi un deber.

No abandones tus ansias de hacer de tu vida algo extraordinario…

No dejes de creer que las palabras y la poesía, sí pueden cambiar al mundo; porque, pase lo que pase, nuestra esencia está intacta.

Somos seres humanos llenos de pasión, la vida es desierto y es oasis.

Nos derriba, nos lastima, nos convierte en protagonistas de nuestra propia historia.

Aunque el viento sople en contra, la poderosa obra continúa.

Y tú puedes aportar una estrofa…

No dejes nunca de soñar, porque sólo en sueños puede ser libre el hombre.

No caigas en el peor de los errores: el silencio. La mayoría vive en un silencio espantoso. No te resignes, huye…

“Yo emito mi alarido por los tejados de este mundo”, dice el poeta; valora la belleza de las cosas simples, se puede hacer poesía sobre las pequeñas cosas.

No traiciones tus creencias, todos merecemos ser aceptados.

No podemos remar en contra de nosotros mismos, eso transforma la vida en un infierno.

Disfruta del pánico que provoca tener la vida por delante.

Vívela intensamente, sin mediocridades.

Piensa que en ti está el futuro, y asume la tarea con orgullo y sin miedo.

Aprende de quienes pueden enseñarte. Las experiencias de quienes se alimentaron de nuestros “Poetas Muertos”, te ayudarán a caminar por la vida.

La sociedad de hoy somos nosotros, los “Poetas Vivos”.

No permitas que la vida te pase a ti, sin que tú la vivas…

Walt Whitman.

Julio Cortazar, Rayuela.

Apenas él le amalaba el noema, a ella se le agolpaba el clémiso y caían en hidromurias, en salvajes ambonios, en sustalos exasperantes. Cada vez que él procuraba relamar las incopelusas, se enredaba en un grimado quejumbroso y tenía que envulsionarse de cara al nóvalo, sintiendo cómo poco a poco las arnillas se espejunaban, se iban apeltronando, reduplimiendo, hasta quedar tendido como el trimalciato de ergomanina al que se le han dejado caer unas fílulas de cariaconcia. Y sin embargo era apenas el principio, porque en un momento dado ella se tordulaba los hurgalios, consintiendo en que él aproximara suavemente sus orfelunios. Apenas se entreplumaban, algo como un ulucordio los encrestoriaba, los extrayuxtaba y paramovía, de pronto era el clinón, la esterfurosa convulcante de las mátricas, la jadehollante embocapluvia del orgumio, los esproemios del merpasmo en una sobrehumítica agopausa. ¡Evohé! ¡Evohé! Volposados en la cresta del murelio, se sentían balparamar, perlinos y márulos. Temblaba el troc, se vencían las marioplumas, y todo se resolviraba en un profundo pínice, en niolamas de argutendidas gasas, en carinias casi crueles que los ordopenaban hasta el límite de las gunfias.

Las diez cosas que necesita un escritor según Guillermo Salazar

Réquiem Nocturna

Tengo que dejar en claro una cuestión antes de decir lo que haya que decir: Soy sólo una mota de polvo en la inmensa montaña de lo que es ser un escritor real, un grano de arena en las playas de la literatura. Por lo que muy posiblemente no este en la mejor posición para discutir del tema, pero es mi opinión lo que les dejo y son las normas en las que yo he tratado de guiarme, a veces con éxito y muchas sin el, en mi intento de ser un hombre de letras.

Ya con eso aclarado vayamos al grano.

En primer lugar pienso que hay que dejar en claro la diferencia que hay, y la hay, entre el autor y el escritor… algunos se preguntaran: ¿Qué le pasa a éste loco?, ¿no qué son la misma cosa?

No, no lo son.

El autor es cualquier persona que…

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