El silencio de los andes

Capítulo 1

Doña Ana terminaba de preparar la mesa, aunque Ramona la cocinera era la persona encargada de la preparación de los alimentos doña Ana se reservaba la preparación y atención de la mesa, siempre dedicada a la atención de su familia, Julián, el hijo menor de la familia, con una inmaculada disciplina, estaba ya sentado a la mesa, esperando sirvieran el desayuno.

─¡Niñas la mesa ya está lista! ─grito doña Ana al pasillo que conduce a las habitaciones de la casa.

Dos niñas salían apresuradas de sus habitaciones cargando las pesadas mochilas del colegio, se apresuraban por sentarse a la mesa, empezaba a  hacerse tarde para ir a la escuela, dejaron caer las pesadas mochilas a un lado de las sillas cuando se sentaron a la mesa, eran las niñas Oyola, Azucena y Jazmín, segunda y tercera del matrimonio, Azucena de carácter apasionada con sueños, ilusiones, metas y anhelos, dedicada en los estudios, era una niña de rasgos finos y delgados, poseedora de unos encantadores ojos café, abundantes cabellos color negro que contrastaba con su pálida piel,  hermosa como una luna clara de noche serena. Jazmín, de carácter sentimental suave y apacible, amante de la vida, del campo, las plantas y los animales, de hombros y brazos fuertes ojos claros y mirada sincera, cabellos finos de color castaño y piel trigueña, hermosa como el radiante sol de la mañana.

Don Rafael, el padre de familia salía de la habitación, impecable y reluciente como moneda recién forjada, el cabello todavía húmedo reflejaba la luz sobre su habitual peinado conservador a medio lado. Doña Ana lo miró, tan guapo como el mismo día en que lo conoció, sus ojos destilaban una religiosa admiración que aumentaba en cada despertar y un poco más en la noche al finalizar el día, lo miraba acercarse a la mesa, ella por acto reflejo alcanzó la cafetera y sin apartarle la mirada sirvió una taza de café a su esposo entregándosela directo de sus propias manos, don Rafael recibió la humeante taza de café, mientras sus pupilas de dilataban esbozando una amplia sonrisa que enmarcaba con sus gruesos y abundantes bigotes.

─Buenos días ─dijo don Rafael a su esposa con cierta complicidad y dándole un beso sobre sus labios.

─Buenos días ─respondió doña Ana con tierna sonrisa y unas mejillas que se ruborizaban.

Don Rafael después de tomar el primer sorbo de café, se acercó a la mesa dando los buenos días a sus hijos, mientras con la palma de su mano acariciaba el lacio cabello color castaño de Julián que movió su cabeza buscando cuidar el peinado de su cabello.

─Buenos días papá. ─respondieron uno a uno los hijos de don Rafael Oyola, que rodeando la mesa iba posando su mano sobre la cabeza de cada uno de sus hijos.

Continuo don Rafael tomando su café matutino, miro alrededor de la casa, halo una de las sillas de la mesa y giro como buscando algo a alguien, preguntando a todos, pero sin dirigirse a nadie.

─¿Y Octavio?

─No ha salido de su habitación aún. ─respondió doña Ana.

En ese preciso momento apareció un hombre joven, alto, de contextura gruesa, hombros anchos y brazos fuertes, con el mismo peinado conservador de don Rafael, era Octavio Oyola Mejía, el hijo mayor del matrimonio.

─Buenos días ─dijo con su grave voz, profunda como el azul del océano, envuelta en el aura de una carismática personalidad, radiante como la luz del día, esbozaba una amplia sonrisa y sus finos labios se alargaban dejándolos como dos líneas rosadas que enmarcaban una perfecta dentadura de un brillante blanco.

─Buenos días, ─contesto toda la familia a Octavio, correspondiendo así cada uno de los integrantes al saludo del hombre joven. Jazmín se levantó de su silla y salió corriendo para lanzarse a su hermano, abrazándolo por el cuello y le panto un beso en la mejilla.

­─Buenos días mi chiquita, ─correspondió Octavio a los efusivos buenos días de su hermana menor, dando un giro completo con su hermana entre  sus brazos, después de descolgarla de su cuello, y liberado de los brazos de su hermana, se acercó a la mesa, su mamá doña Ana, le había servido una taza de café que entrego en sus manos, Octavio luego de recibir la taza de café, posó un beso en la frente de su madre, saludo a su hermano Julián colocando su mano sobre el hombro derecho de Julián Oyola, que continuaba esperando a que su madre le sirviera el desayuno. Octavio se sentó al comedor y ahora estaba toda la familia reunida en la mesa, el día había iniciado, doña Ana, empezó ahora si a servir el desayuno, era un desayuno típico de la región, Ramona conocía ya los gustos y preferencias de la familia, empleada ejemplar que aún hoy y después de veinte años de servicio a la familia, todavía se esforzaba en preparar sus mejores recetas, arepas de maíz untadas con mantequilla, huevos revueltos, queso, una canasta con rebanadas de pan, acompañados por una taza de chocolate, los dulces y suaves aromas adornaban la mesa con una sublime sensación de paz y felicidad, las niñas Oyola hablaban de los compromisos y las actividades en la escuela, los mayores escuchaban con fascinada atención a los comentarios de las niñas, mientras Julián apenas contestaba si era necesario responder a una pregunta, Julián un adolescente independiente, responsable de sus obligaciones, el mejor estudiante de su salón de clases, algo que sus padres reconocían, pero que eran incapaces de comprender.

La familia había terminado el desayuno, ahora la señora Lourdes se encargaba de las tareas domésticas, empezó a recoger la mesa, cuando las bocinas de un automóvil  sonaban afuera de la casa rompiendo con la tranquilidad de una apacible tertulia de familia, era el transporte de los estudiantes.

─ Ya llegó el señor José. ─ exclamo doña Ana, apresurando a sus hijas, se levantó para ayudar a Jazmín a levantar la pesada mochila, entrego las loncheras cada uno de sus hijas y buscando con la mirada algo o alguien a quien parecía no encontrar, miró girando la vista hacia el interior de la casa, tampoco encontraba la lonchera de Julián, miró hacia la cocina, la señora Lourdes y Ramona realizaba las labores de limpieza de la cocina.

─¿Julián? ─preguntaba doña Ana dejando en evidencia su escudriñadora mirada, Julián estaba preparado para salir a un lado de la puerta, con la lonchera colgada de su hombro, se había despedido de su padre y de su hermano y ahora esperaba a un lado de la puerta para darle el beso a su madre antes de salir de casa, las niñas se despedían de todos con besos en las mejillas a sus padres y a su hermano mayor, salían los tres jóvenes estudiantes y doña Ana los acompañaba hasta que subían al transporte, de pies en la terraza se quedaba mirando el vehículo atravesar el portón y descender el camino hasta desaparecer entre los altibajos de la destapada carretera, todavía su corazón evocaba aquella sensación un vacío en su pecho, una ausencia del aire, un sentimiento de satisfacción y nostalgia, cuando Octavio iba a su primer día de escuela y este sentimiento se repetiría tantas veces en su vida que ya nunca pudo separarlo de ella, porque paso a ser parte de ella, doña Ana es una mujer de costumbres conservadoras, en la que es fácil distinguir su carácter sentimental, protectora de su familia, siempre serena con una lozanía en su rostro que parecía determinada a no abandonarla.

Don Rafael y Octavio continuaban sentados en la mesa, hablaban de la buena situación de la finca, el buen momento en que estaban, las cosechas eran de las mejores en muchos tiempos, desde que Octavio había empezado a participar en las decisiones y planes de la finca los beneficios y bienestar de la familia iban mejorando sustancialmente, así mismo mejoraban las condiciones de vida de sus empleados, muchos reconocían el potencial del joven muchacho, pero a decir verdad muy pocos esperaban buenos resultados de la empresa Oyola, ahora las cosas empezaban a marchar bien, había sido difícil, como haber arrancado un reseco engranaje, que ahora a fuerza de voluntad y trabajo despegaba su vuelo, habiendo lubricado cada viejo y oxidado elemento del proceso la empresa Oyola despuntaba como una de las más prosperas de la región, sin embargo no todo eran buenas noticias, don Rafael contaba a su hijo la actual situación con algunos de sus trabajadores que habían manifestado estar inconformes con la actual paga de sus jornadas, los jornaleros señalaban que las cosechas de la finca Oyola eran las mejores, argumentando que eso era gracias a ellos, insistía que habían fincas que estarían pagando mejores salarios, la semana pasada uno de sus mejores jornaleros habían renunciado incitando a varios que lo siguieran, Octavio miraba pensativo y atento a las palabras de su padre.

─Pero… estamos pagando los salarios justos, son las tarifas oficiales de toda la región. ─dijo Octavio incrédulo ante tal argumento. ─No entiendo, siempre han sido unos empleados, comprometidos y conformes con sus salarios, hoy mismo hablaremos con ellos.

─Prepare una reunión con los trabajadores para esta mañana, esperaba por tu regreso. ─dijo don Rafael.

Doña Ana regreso al interior de la casa se acercó a la mesa, sirvió de nuevo café para ellos y claro está, para ella también, se sentó junto a su esposo y su hijo mayor, los dos hombres pausaron la acalorada conversación, y tomaron juntos el café, doña Ana empezó una nueva conversación, sugería a su esposo algunos cambios que deseaba para la casa, en particular estaba preocupada por la ausencia de un estudio adecuado para los jóvenes estudiantes, don Rafael y Octavio parecieron sorprendidos por la iniciativa de doña Ana, y después de compartir algunas ideas, los tres  concluyeron que la instalación de un estudio era necesaria en el corto plazo, doña Ana se levantó de la mesa retirando los pocillos y la cafetera. Octavio y don Rafael continuaron con la pausada conversación, esta vez Octavio expuso los planes del futuro de finca a su padre, estaba planeando una serie de cambios y algunas mejoras que la harían más productiva, con lo que esperaba obtener una mayor rentabilidad a las registradas los años anteriores.

Actualmente los Oyola tenían centrada su producción principalmente en el cultivo de legumbres y verduras, además de algunos árboles frutales, Octavio estaba contemplando la posibilidad de incursionar en el mercado internacional, donde encontrarían los mayores beneficios, aunque esto significaría un desafío, estaba decidido en asumir ese compromiso, explicaba que su estrategia seria mantener y enfocar la producción en solo algunos pocos productos agrícolas con proyección a exportar, hablaba de controlar y reducir el área dispuesta para el ganado, había estado estudiando nuevos métodos para la ganadería aplicados en otros países donde existen mayores índices de productividad con un uso eficiente de la tierra, don Rafael escuchaba la exposición de su hijo, aunque de momento no comprendiera en su totalidad las ideas de Octavio.

─Está bien Octavio, pero todavía no entiendo cómo podríamos hacer eso. ─Respondió don Rafael.

─Bueno papá, he estado pensando en cómo lo haremos, pero todavía estoy trabajando en ello, cuando tenga todo listo te lo explicare, solo necesitaría un capital inicial para colocar en marcha los nuevos planes.

─¿Y dónde conseguiríamos ese capital inicial?; ¿ Y de cuánto dinero estaríamos hablando?

─Todavía no lo sé papá, estoy realizando unos cálculos para determinar un estimado, y en el banco ya estoy averiguado los requisitos para aplicar a un crédito, por ahora papá lo importante es mantener nuestra situación actual.

Don Rafael y Octavio se despidieron de doña Ana, se dirigieron al rincón donde había un perchero, de allí tomaron sus sombreros aguadeños con cinta negra, y  salieron de la casa, cuando Octavio y don Rafael salieron a la terraza de la casa dos enormes perros labradores se arremetieron moviendo las colas, ladraban juguetones rodeando a Octavio, quien con una sonrisa empezó a acariciarlos mientras los perros lo rodeaban, liberándose un poco del cerco de los perros, tomó un palo que empezó a mostrarle a los perros que saltaban a su lado tratando de atraparlo con la boca, disputando entre los dos, cuando alguno lograba atraparlo el otro ladraba y Octavio lo recompensaba con una caricia en la cabeza, después lanzaba a lo lejos el pedazo de madero y los perros  salían disparados a conseguirlo, así saludo Octavio a sus amigos caninos.

Don Rafael dirigió su atención y su mirada hacia un hombre que realizaba labores a un lado de la casa, era Alfredo el capataz de la finca Oyola, un hombre fuerte de amplio pecho y estatura media, con un rostro limpio y bigotes acicalados, esposo de Ramona, han estado al servicio de la familia Oyola desde el momento de la compra de la finca cuando Alfredo siendo un joven muchacho, prestaba servicio de cuidandero para los antiguos propietarios, Alfredo suspendió labores y se acercó a don Rafael.

─Buenos días patrón, dijo Alfredo ofreciendo su mano para saludar a don Rafael que estrecho su mano.

─Buenos días Alfredo. ─respondió don Rafael. ─¿está todo listo ara le reunión?

­─Sí señor, están todos citados par hoy a las diez de la mañana, en el bohío del almacén.

­─Muy bien Alfredo muchas gracias.

Octavio continuaba jugueteando con los perros, agachado acariciaba a sus compañeros para concluir el saludo de regreso, luego se levantó y extendiendo la mano a Alfredo, ofreciéndole un fuerte estrechón de mano y un abrazo.

─Buenos días Alfredo.

─Buenos días don Octavio, respondió Alfredo, ─¿cómo estuvo el viaje?

─Muy bien Alfredo, muchas gracias por preguntar, luego hablaremos hay algo que quiero contarte… y Alfredo… hay que bañar a los perros.

─Si señor antes del almuerzo vendrán a bañarlos.

Una vez habiendo terminado de saludar a Octavio, don Rafael ordenó a su capataz alistar dos caballos, Alfredo levantó su mano y dirigiéndose a dos de sus ayudantes ordenó preparar los caballos de don Rafael y de Octavio, los ayudantes regresaron a los pocos minutos con los dos caballos asidos por las correas, eran dos hermosos animales eran dos caballos criollos de capa castaña, Octavio se acercó a uno de los hombres que traía su caballo, lo asió por la rienda y empezó a acariciando su pelaje, enredando sus dedos entre la crin, hablándole mientras lo acariciaba hasta la punta del hocico, el caballo parecía atender a las palabras de Octavio, moviendo sus orejas y bajando la cabeza ante las caricias, don Rafael estaba listo para montar a su caballo,  miraba a Octavio consentir al animal, después de acariciar al caballo reviso las herraduras y la montura del caballo, acercándose a un lado del caballo, montando de un solo brinco sobre la montura del caballo, agarro la rienda con una de las manos y con la otra acomodaba su sombrero, don Rafael con su baja estatura, piernas cortas y prominente barriga, era un hombre fuerte y grueso, con un abundante bello que cubría sus brazos, montó a su caballo con la misma agilidad de sus mejores años, agarró con una mano la rienda y con la otra acomodó también su sombrero, para empuñar ahora con ambas manos las riendas de su caballo, padre e hijo salen a hacer su habitual recorrido por la finca como era costumbre cada inicio de semana, andaban lento por los caminos de la finca, iban saludando a los trabajadores a su paso levantaban su mano y entregaban los buenos días, los obreros respondían levantando la mano y contestaban los buenos días a sus patrones.

El día era claro, el sol brillaba sobre la montaña, los caballos avanzaban a paso lento por los senderos de la propiedad, la finca disponía de unas cincuenta hectáreas, con un límite natural al oriente, un arroyo que descendía de la parte alta de las montañas, definía los límites de su vecino don Héctor Arteaga, al occidente limitaba con una montaña que se elevaba imponente, un monolítico coloso de esquistos, al norte la limitaba la impenetrable geografía de la selva húmeda tropical, y al sur limitaba con la finca del mayor propietario de la zona don Abel Aguilar, don Rafael había adquirido la finca con el dinero que heredo en vida de su padre justo antes de su matrimonio, don Rafael trabajo siempre al lado de su padre en los cultivos de café, y durante su juventud solía acompañar a su padre en algunos viajes, cuando visitó por primera vez la sabana bordeada por inmensas montañas, había quedado enamorado, enseguida supo a donde pertenecía su corazón, el antiguo propietario de estas tierras había sido un criollo que había decidido vender todas sus tierras para invertir en la naciente industria de la época en la capital del país.

Alfredo atendiendo la orden de don Rafael llegó al almacén donde ya había algunos trabajadores, Alfredo se acercaba a saludar y a charlar a los presentes que continuaban llegando y el número aumentaba, ya eran más de diez personas presentes, este almacén lo había hecho construir don Rafael a un lado de un pozo de agua que ya estaba cuando el adquirió estas tierras, ubicado en un promontorio en la parte central de la finca, don Rafael siempre estuvo fascinado con la historia del zahorí que detecto la corriente subterránea de agua, todavía hoy se pregunta cómo se le habría ocurrido buscar agua sobre una loma. Con el paso del tiempo este se convirtió en el sitio donde se reunían los trabajadores antes de empezar el día, quizás fue por su ubicación en el centro de la finca y porque estaba al lado del pozo de agua, después se construyó el bohío para que los empleados reposaran y tomaran sus comidas, como algunos llegaban a caballo se hizo construir un bebedero para que también los animales tomaran agua y reposaran, nacieron nuevas necesidades y así mismo se iban creando nuevas transformaciones, una pequeña cafetería había sido anexada a un lado y el bohío se había adecuado con mesas y sillas, ahora además de comedor se usa también para reuniones de los trabajadores. Eran un total de veinticinco los empleados de tiempo completo, veinticinco familias que obtenían el sustento a través de la agricultura en la finca de los Oyola, número de empleados que se multiplicaba por cuatro en durante las cosechas, aportando prosperidad a los habitantes de la región, todos ellos tenían algún vínculo directo entre sí, ya fueran, familiares, amigos o conocidos, esos eran los empleados de la familia Oyola, personas que durante la baja demanda de mano de obra, se dedicaban a diversos oficios y con el dinero que ganaban durante las cosechas dedicaban tiempo a las actividades domésticas, sociales y familiares, pues a la falta de trabajo, no existía la carencia de alimentos, era abundante y generosa la producción agrícola de la región como para permitir gozar de un bienestar producto del constante trabajo de sus habitantes.

Eran un poco más de las nueve de la mañana Octavio y su padre andaban sobre sus caballos cerca de las cosechas, se acercaron debajo de la sombra de un pequeño árbol, allí bajaron de sus caballos y los amarraron al tronco del pequeño árbol, entraron caminando entre los cultivos, que crecían sanos, los trabajadores habían suspendido sus labores para asistir a la reunión, algunos pocos esperaban hasta el último minuto y continuaban dedicado a sus tareas, los cultivos lucían prometedores, pronto estarían listos para cosechar, siguieron adentrándose entre un cultivo de piñas, que lucía como un inmenso papel tapiz decorado con pequeños puntos color naranja simétricos en toda la extensión del cultivo, después de haber dado un pequeño recorrido entre el cultivo de piñas, Octavio mostraba una expresión de optimismos al estar inmerso en medio de aquellas extensiones de tierra cultivada, quizás fuera por el aroma, por el aire limpio y puro de las montañas, o quizás era que su corazón estaba en el lugar donde pertenecía, a lo lejos se acercaba un jinete en suave galopar, era Alfredo, Octavio y don Rafael salieron del cultivo.

Alfredo se detuvo debajo del mismo árbol, donde habían Octavio y su padre habían dejado los caballos, desmonto de su caballo, con su habitual indumentaria de trabajo que siempre vestía, era como un tributo al trabajo, como un símbolo, y celebraba sus mejores ceremonias los domingos, día de sus descansos, cuando lucia impecable su ropa de trabajo,  cuando los dos hombre se acercaron Alfredo dijo;

─Ya tenemos todo listo para la reunión.

─Está bien… regresemos. ─dijo don Rafael.

Los tres hombres montaron sus caballos y salieron al paso, Octavio iba al frente, mientras que don Rafael y Alfredo detrás hablaban inaudibles, el trayecto fue tranquilo y sereno, Octavio llegó y desmotó su caballo, uno de sus trabajadores salió a recibir el caballo, los trabajadores se asomaban a saludar a sus patrones, detrás llegaba don Rafael seguido de Alfredo, don Rafael desmontó de su caballo que fue recibido por uno de sus trabajadores y lo dirigió a un lado del almacén, junto al bebedero. Octavio y don Rafael, hablaron aislados del numeroso grupo de personas que esperaban por ellos dentro del bohío, las personas hablaban entre si mientras que esperaban por la palabra de sus patrones, don Rafael Octavio y Alfredo se colocaron al frente del grupo de personas que esperaban, el encargado de iniciar la intervención fue Octavio que con estentórea voz entrego los buenos días a los presentes que respondieron animados al saludo de Octavio que continuo su intervención hablando del tema que los reunían a los presente ese día, Octavio con una firme posición y la seguridad que siempre lo ha caracterizado, explico a los presentes;

─Rumores se han dicho acerca de la venta de nuestras tierras y el cierre de las actividades agrícolas de nuestra familia, nada más lejos de la verdad, porque justo ahora estamos centrando todos nuestros esfuerzos en aumentar nuestra productividad para ser competitivos en el mercado.

Uno de los presentes de la primera fila levantó la mano y Octavio cedió la palabra.

─Ya dos fincas de la zona han sido vendidas, ya no cultivan y muchas familias perdieron sus empleos, los dueños de las tierras las venden y se van con su dinero a la ciudad y abandonan a la gente que tantos años les ha servido.

Empezó un murmullo que fue creciendo y aumentando en volumen e intensidad, una voz se elevó entre el barullo y todos giraron su atención.

─¡Venden la tierra y nos matan de hambre!

Octavio rastreo con vista de águila la fuente de aquella voz, y respondió con fiera determinación.

─¡Eso aquí no va a suceder!

─Ya le están ofreciendo a dinero a don Héctor Arteaga por su finca, y se dice que pronto la compraran.

─Ne he escuchado tal cosa de los Arteaga, parece ser que hay desinformación y confusión entre ustedes.

─Eso es lo que se dice… ─grito alguien de la parte de atrás.

Octavio retomo el orden y la palabra.

─Ahora mismo estamos analizando una serie de mejora en nuestros cultivos los que nos darán un mayor beneficio y esperamos aumentar nuestros cultivos y diversificar, el futuro es prometedor y es de nosotros, pero tenemos que hacerlo juntos, ayúdenme y confíen en mí y en nosotros mismos… juntos lo lograremos.

Una nube renovadora y un halo de tranquilidad reposo en el ambiente, un segundo de silencio, mantuvo una atmosfera de esperanza, cuando una vos en la parte trasera del grupo de personas irrumpió el instante

─Entonces porque están echando gente… a mí me echaron y todavía no me pagan.

Don Rafael de un sobresalto levanto la cabeza y dirigió su mirada al hombre que citaba aquellas palabras… no lo encontraba con su mirada pero ya parecía saber de quien se trataba y dirigiendo su mirada al fondo del grupo le respondió.

─Tú mismo tomaste la decisión de irte.

─Nos están robando nuestro trabajo y ustedes se hacen más ricos… vengo a que me paguen mi dinero…

Las personas se fueron separando del inconforme hombre y un pasaje de abrió entre las personas presentes y los tres hombre que precedían la reunión, como un conducto directo entre los patrones y el saboteador.

Cuando el hombre abría su boca para continuar con su discurso, la voz de Octavio lo apago como trueno que retumba hasta los cimientos de la tierra.

─Tú te vas ahora mismo, ya no trabajas con nosotros…

─Me voy cuando me paguen…

Los ojos de Octavio emanaban una furia indescriptible, manteniendo el control del impulso respondió;

─Recibirás tu paga el día del pago como todos… y ahora fuera de nuestras tierras, tú ya no perteneces aquí.

Octavio miro a un lado buscando el rostro de Alfredo que como siempre sobraban las palabras, iba ya en camino a retirar al indeseado intruso, quien con la cara roja por la vergüenza de la derrota dio media vuelta y empezó a caminar en dirección a la salida, Alfredo montó su caballo y mientras se le acercó por un costado y le dijo:

─Yo te acompañare a la salida.

El hombre no respondió y tampoco miro al capataz de la familia Oyola.

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